Youssef, de menor migrante a vecino de la Floresta

Stephan Vallot,  Rodri Robledal y Julia Aragay

  • Esta entrevista, así como las imágenes, forma parte del estudio “Una experiencia de integración. Ensayo sobre la red vecinal de la Floresta de apoyo a jóvenes migrantes” subvencionado por el Ayuntamiento de Barcelona en la convocatoria ‘Premios Barcelona 2020’ de la ICUB.

 

  • Nos habla de las razones por las cuales decidió irse de su país, de su experiencia a la patera y en el Centro de Menores de Can Santoi, y de la importancia que ha tenido en su integración la red de apoyo de la Floresta a jóvenes migrantes, La Floresta Contra Fronteras.
    Actualmente trabaja en una floristería y colabora con el centro excursionista del barrio, se está formando como jardinero y monitor, tiene amigos catalanes y magrebíes y juega a fútbol en el campo municipal de Vallvidrera con alumnos de Mas Pins y otros vecinos del pueblo. Está aprendiendo catalán pero se expresa mejor en castellano.

 ¿Cuándo naciste y cómo era el lugar en el que creciste?

Nací el 30 de junio de 2001, en un pueblecito en medio de las montañas del Atlas. Como la mayor parte de la población de esa región de Marruecos, soy beréber. La escuela más cercana de mi casa estaba a 3 km y como no había transporte público iba a pie. Cuando llovía o nevaba, y no había nadie en el camino, tenía miedo de encontrarme con perros peligrosos.

¿Por qué decides irte del país?

Porqué allí si eres pobre no hay nada que hacer, aunque seas buen estudiante. A los quince años mi padre me dijo que tenía que aportar dinero en casa. Viviendo allí no era posible trabajar, así que me fui a Tánger, junto con cinco primos. Cuando conseguía que me contrataran cosechando tomates, ganaba cinco euros por día. Apenas podía enviar algo a mi familia. Estando en esa situación alguien me habló de la posibilidad de ir a España y no me lo pensé.

¿Cómo se organiza el cruce del estrecho?

Primero nos concentraron en una casa a 63 personas, hombres y mujeres marroquíes. Estuvimos dos meses durmiendo y pasando la mayor parte del tiempo en un garaje, sin salir a la calle. Solo salía uno a comprar comida, latas de atún y pan, siempre eso.

¿Y luego la patera?

Sí, yo no conocía el mar, salimos de noche pero tuvimos que volver porque la guarda costera marroquí nos descubrió y nos pinchó la zodiac. Tal vez porque no se había pagado el soborno. También nos tiraron piedras e hirieron a uno en la nariz. Vuelta al garaje hasta el momento de volverlo a intentar. Yo tenía claro que prefería morir intentando cruzar que vivir en Marruecos. En el segundo viaje uno cayó al agua y desapareció. En mar abierto las olas golpean la barca, entra agua y se va sacando. Yo ni me podía mover, todos apretados, con alguien encima y solo mi cabeza por fuera. No teníamos ni agua para beber. Intentaba dormirme aunque pensaba que me iba a morir. No sabía nadar ni llevaba flotador. En esos momentos, nadie dice nada, solo miras la cara de los otros, si es que puedes girarte. Todos tienen miedo. No sabes si vas a llegar. Hay gente que llora.

Y por fin, Europa!

Sí, la policía española nos coge y nos sube a bordo, atando la patera con una cuerda. Otras veces las hunde. En realidad cuando sale a patrullar coge a cinco o diez pateras. En Algeciras, una noche en la cárcel y luego a un centro para menores migrantes. Un lugar con muchas tensiones, robos y peleas en el que lo único que hacíamos era perder el tiempo y alimentarnos de pan y leche. Con mis primos nos fugamos por una pequeña ventana y un agujero que habíamos hecho en la valla. Corremos a oscuras, por el bosque y como vamos a parar a un río y no sabemos nadar, nos cogen. Días más tarde, nos volvemos a escapar, esta vez con la ayuda de un amigo del exterior que nos guía hasta Algeciras. Una vez allí, nos separamos en parejas para pasar desapercibidos.

¿Y os descubrieron?

No. Fue una experiencia dura porque dormíamos en la calle y por la noche hay atracos con cuchillos y mafias que secuestran chicos para pedir rescate a las familias, pero gracias a la ayuda de la gente pudimos comer y juntar dinero para el pasaje hacia Barcelona.

Los primeros días en Europa no eran como te los habías imaginado

Para nada. Me di cuenta que los chicos que vivían en España y hablaban con sus amigos, no decían la verdad. Solo hablaban de la ropa que tenían pero no de la realidad. Sin conocer a nadie ni saber el idioma todo es muy duro. Ahora cuando los chicos que están en Marruecos me preguntan, yo les digo la verdad y se enfadan conmigo.

Y una vez en Barcelona ¿qué haces?

Fui a parar al centro de menores de Can Santoi, en Molins de Rei. Sé que hay centros en los que te tratan bien y te ayudan, pero allí no. Empleados racistas me decían ‘vuelve a tu país, tú no eres bueno para España’. Nunca me decían cosas agradables. Siempre te daban para abajo. Menos un par de personas que me trataron muy bien, los demás no me enseñaron nada ni siquiera el idioma. Solo si estás enfermo, te llevan al médico y cosas así, pero poco más. Igual es mejor estar allí que en la calle, por eso cuando cumplí los dieciocho y me echaron, lo pasé mal.

¿Y qué hiciste?

Les expliqué que no tenía a dónde ir pero me dijeron que no podían hacer nada. Me quedé en la esquina, sin saber qué hacer. Empezó a oscurecer y llover. Los trabajadores del Centro iban saliendo, me miraban pero no decían nada. Por fin uno, con el que me había hecho amigo y me dejaba utilizar sus herramientas, me llevó a su casa. Era Manel, uno de los encargados de las tareas de mantenimiento.

¿Y eso cambió tu vida?

Sí, en la Floresta, gracias a él y a su familia, todo fue más fácil. Viví dos meses en su casa y luego me invitaron a instalarme en la casa de la madre de Manel. Viví con ella un año y medio. Aprendí el idioma y conocí gente, entre ellos, a los integrantes de la red de apoyo La Floresta Contra Fronteres. Me enseñaron catalán, me ayudaron con los papeles, me dieron dinero para tarjetas de transporte y, algo muy importante, hablaban bien de mi a otros vecinos.

¿Qué más hace la asociación La Floresta Contra Fronteres?

Te aconsejan que estudies, que hagas esto y aquello. Me invitan a comer para estar conmigo y que practique el idioma; respetan mi cultura, cuando están conmigo no beben alcohol ni comen jamón. Me ponen en contacto con gente que puede darme trabajo o necesite mi ayuda.

¿Tú también ayudas?

Sí, paseo perros, arreglo los jardines, si es una persona mayor, le cojo las cosas pesadas, le hago compañía… Cuando tenga papeles y pueda trabajar, no me voy olvidar de ellos ni me voy a ir de aquí. También ayudo a otros chicos migrantes, sean africanos o marroquíes. Les digo que si tu das, te dan, les comento que es importante hablar con la gente del barrio, jugar con los niños de la plaza y no pasarse todo el día en Barcelona y volver de noche. Cuando sales del Centro tienes que intentar estar con españoles y no estar solo con marroquíes.

Me has contado que para ti la madre de Manel fue como una segunda mamá ¿por qué?

Me cuidó como a un hijo, me llevaba con ella cuando salía. Como es andaluza, su comida me recordaba a la de mi mamá, olía igual. También me han ayudado mucho Esther, Sisi y Lú, que fue mi mentora y con quien vivo ahora, en Valldoreix.

¿Y los jóvenes que viven en Cataluña también son amables contigo?

No todos. Donde estudiaba me decían ‘vienes para quitarnos el trabajo, maricón’, por eso decidí irme y estudiar otra cosa. No les respondía porque no sabía hablar lo suficiente. Volvía a casa enfadado pero pensaba: ¿qué puedo hacer para estar bien con ellos? Tengo que tener paciencia. Cuando me conozcan y vean que lo único que estoy haciendo es buscándome mi vida, me aceptarán.

¿Hay chicas migrantes?

Sí, también. En mi patera viajaron diez de mi pueblo. Estuvieron en el Centro de Sants y hoy viven solas, con otras marroquíes o argelinas. Hay otro centro importante en Girona. Los centros de chicas son mejores, ellas limpian, cocinan, salen, vuelven a la hora que quieren porque confían en que serán responsables.

¿Dónde más las puedes conocer?

Una amiga tuya te presenta a una chica que vive con ella o uno de mis primos, que comparte piso con tres estudiantes, me invita a tomar algo con ellas en la playa.

¿Piensas que aquí establecéis otro tipo de relación diferente a Marruecos?

Sí, claro, allí no puedes ni darle la mano para saludarla. Estamos en otro mundo, totalmente diferente. Allí, con mi edad, ya empiezas a tener hijos, a los 24, ya tienes dos o tres hijos y tienes que vivir con tus padres porque no tienes dinero para otra casa. Yo no quiero eso, quiero vivir un tiempo libre.

Además de una razón económica para no volver a tu país, también hay una razón social y cultural. ¿Te gustaría formar una familia? ¿Con una catalana, una española o una marroquí?

De momento no quiero tener pareja, primero quiero arreglar mis cosas, papeles, trabajo y alquilar una habitación. No quiero estar con alguien que piense que lo que quiero es aprovecharme de sus papeles. En el futuro sí me gustaría formar una familia pero no con una marroquí. Eso no ayudaría nada. Yo no sé nada, ella no sabe nada, mis hijos no sabrían nada.

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