Tafraout, mítico cruce de caminos milenarios del sur de Marruecos

  • Su ubicación en el corazón del Anti Atlas y su carácter eminentemente amazigh, o bereber, son dignos de estudios concienzudos para determinar lo que entraña en cuanto al devenir de pueblos casi inalterados a lo largo de los siglos
  • Aday es una agrupación de casas muy antiguas levantada ante un amplio cementerio y bajo grandes cantos rodados sostenidos en críticos equilibrios que presagian que podría producirse fácilmente una catástrofe si uno de esos bloques cediera

Marruecos es un país que guarda muchos secretos por descubrir en su alargado territorio en la cornisa noroeste de África debido a su antiquísima historia y a todos los acontecimientos que se han producido dentro de sus fronteras. Han pasado casi todas las civilizaciones e imperios vecinos por su geografía durante siglos y han dejado su impronta por doquier, de tal forma que norte y sur, este y oeste, son planos muy diferentes que, como un gran puzzle, conforman el carácter de su diversidad nacional, con múltiples registros, huellas, culturas, lenguas e idiosincrasias que hablan de un gran caudal de datos y vestigios depositados en cada callejón de Fez o Marrakech, en la medina de Essauira o de Oujda, o en el sur, en las postrimerías del desierto del Sahara.

Entrada a Tafraout

A unos 150 kilómetros al sureste de Agadir se encuentra Tafraout, una de las dos cabezas de comarca de la provincia de Tiznit, conocida por su especialidad en orfebrería de plata, en la región marroquí de Souss Massa. Su ubicación en el corazón del Anti Atlas y su carácter eminentemente amazigh, o bereber, unido al misterio que rodea a la región desde la antigüedad, por la ausencia de relatos o escritos, es digna de estudios concienzudos para determinar lo que entraña en cuanto al devenir de pueblos que han permanecido casi inalterados a lo largo de las últimas centurias.

Se podría decir de este valle posado entre dos altos macizos rocosos que es un libro cerrado que arrojaría muchas claves desconocidas todavía sobre acontecimientos, dinastías, riquezas pretéritas e historias dilatadas, protagonizadas por diversas personalidades que coincidieron en esta coordenadas remotas, pero también para entender mejor lo que ocurrió en el pasado a lo largo de una vasta extensión habitada secularmente por comunidades con identidad propia del sur de Marruecos.

Se sabe que se instalaron colectivos judíos desde tiempos anteriores a Cristo, que llegaron huyendo de las persecuciones y que permanecieron allí dedicados al comercio de especias y a la explotación de la plata extraída en minas cercanas y cuyo rastro aún permanece vivo entre los 6.400 habitantes locales. No por nada, la localidad, antes conocida como Tamaoult, fue el cruce de mercancías entre el sur, el desierto, y la plataforma del oued (río) Massa, de cuya región llegó incluso a ser su capital. Antes de eso, en los últimos compases de la prehistoria, hay indicios sorprendentes de la influencia de culto a la divinidad Ammon del mítico Egipto de los faraones.

Aspecto de una de una de las pequeñas ramblas de artesanos de la localidad

Además, se han encontrado grabados rupestres del neolítico que representan a antílopes, elefantes o hienas, entre otros animales propios de zonas fértiles, que apuntan a un pasado de bosques de robles y arganes y tierras cultivadas y productivas. Y no es que Tafraout no tenga ahora agricultura que ofrecer al resto de Marruecos, porque el Valle de Almeln, que es como se llama su entorno inmediato, es relativamente rico en palmerales, almendros y olivos, tanto como en el pastoreo y sus artesanías, de las que destaca la fabricación de babuchas con sello propio, muy diferenciadas por estar cerradas por el talón.

Distribución del agua

En tiempos ya más recientes, la vida de las tribus bereberes, denominadas Jazulíes, instaladas en múltiples pueblos y aldeas de casas pintadas de rosa y ocre, como es el color del propio ámbito geológico, gira en torno a la distribución, administración y almacenamiento del agua, vital para la zona, con soluciones ingeniosas que han trascendido no solo al ámbito nacional, sino hacia fuera de las fronteras de Marruecos, y por la tradición del consejo de vecinos -la Djamâa-, que emergió tras la caída final de Tamedoult y dio pie a la constitución de unas comunidades autosuficientes, semi-independientes y refractarias a los intentos de dominación ejercidos en su devenir tribal tanto por los idrísidas como por los almorávides y almohades, en la época medieval marroquí, y, más recientemente, por el propio sultanato, antes de su definitiva pacificación.

Vista de una calle de la breve ciudad

Se cuenta que fue Mohamed V el primer soberano que visitó Tafraout en el año 1959 y reprochó a los agricultores que no produjeran más trigo. De la respuesta se encargó la Djamâa: “No producimos suficiente trigo pero sí hombres”; lo que da una idea del carácter intrínsecamente orgulloso de estos pueblos que libraron muchas batallas entre sí en tiempos pasados pero que hoy permanecen unidos en torno al misterio de sus orígenes y sus aspiraciones comunales.

Esa misma resistencia la opusieron al ejército francés y su protectorado en 1912, en una larga guerra de unos 20 años que costó muchos esfuerzos y pérdidas a una potencia europea muy bien armada y estructurada que terminó sometiendo el Valle de Almeln para imponer un orden ajeno, y no pocas veces corrupto o abusivo, desde una base militar instalada para controlar cualquier movimiento de las poblaciones locales, interferir en sus centenarias reglas y esquilmar sus recursos.

Al margen de las comunidades humanas, las costumbres, una idiosincrasia propia, resultado del crisol de las civilizaciones que desde tiempos remotos han dejado allí su impronta vital, el territorio, que se extiende sobre unos 1.200 metros de altura, es una exposición geológica permanente y amplia de roques de granito con las formas más inesperadas que satisfacen a escaladores expertos procedentes de los más diversos rincones del planeta, junto a la joya botánica por excelencia descubierta en 1995, el drago del Atlas, del que se han contabilizados varios miles de ejemplares en los acantilados del cercano valle del oued Umarhuz, afluente del oued Massa.

Las poblaciones locales van poco a poco creciendo, pero muy lentamente, en un escenario único de tierras replegadas sobre sí mismas, de tal forma que parece que el tiempo se ha detenido y que así podría seguir siendo durante otro largo puñado de años, por lo recóndito de su existencia, el silencio de sus gentes y el orgullo de una etnia, la amazigh, que nunca llegó a constituirse en civilización aunque poseyera suficientes ingredientes para que así fuese.

Símbolos del paisaje

Los rastros se multiplican, eso sí, por doquier, diseminados por los imponentes monumentos megalíticos, fruto de la erosión, un espectáculo a simple vista desde cualquier promontorio, con ejemplos como la elevación rocosa denominado el “Sombrero de Napoleón”, sin duda bautizada por los franceses en su época de sometimiento, o la “instalación” realizada en los años 80 por el artista belga Jean Verame, que dejó tras de sí su “Paisaje encantado”, un conjunto de rocas de granito pintadas de azul cobalto que los habitantes locales utilizan como reclamo para su incipiente actividad turística, a pesar de la discusión permanente sobre la idoneidad de esa actuación, que para algunos es una intromisión, cuando no una alteración, en un paisaje colosal que no necesita retoques para sorprender y maravillar al visitante.

Las babuchas fabricadas en Tafraout son muy conocidas en la región de Souss Massa

Esos rastros llevan también a una reflexión ante la población de Aday, una agrupación de casas muy antiguas, de estética amazigh pero con reminiscencias hebreas, levantada ante un amplio cementerio y bajo imponentes cantos rodados sostenidos sobre sus techos en críticos equilibrios que presagian que podría producirse fácilmente una catástrofe fatal en cualquier momento si uno de esos bloques cediera; algo que ocurrirá, claro, si Allah lo quiere y cuándo Él quiera.

La escena está viva en este rincón de Almeln, como un arco en tensión, con los elementos fundamentales que rondan la existencia de cualquier humano: el hogar, la muerte y el cementerio. El cuarto elemento es el silencio y la quietud, la congelación de una imagen, y las sensaciones de estar ante un pequeño pueblo habitado tras sus ventanas estrechas u ornamentadas con la simbología bereber, tras cuyos arabescos de madera pulida por los orfebres hay alguien que observa el camposanto.

Más allá de Aday, a unos tres kilómetros, Tafraout toma el aspecto de una breve ciudad que se despereza cada mañana en medio de sus flancos pétreos para fabricar babuchas, coser telas, planchar trajes o salir a los campos a controlar los cultivos, en medio de una quietud solapada por escasos automóviles y autobuses, algunos con turistas, que surcan su limitado asfalto, o en la contemplación de sus habitantes, que toman el té parsimoniosamente y vigilan la situación exacta de los grandes roques que rodean su hábitat, cuyas imágenes están presentes, cada vez más, en las estanterías de las agencias de viajes de medio mundo, en postales y en el recuerdo de quien una vez pasó por allí y no podrá olvidarlo jamás.

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