Sami Auofi Rabih «El racismo no es culpa de nadie y la solución es de todos» El médico tangerino habla sobre sus inicios, la pandemia y el racismo

Sami Auofi Rabih (Tánger, 45 años). Estudió en el instituto Zineb Nafzaouiya. Licenciado en Medicina por la Universidad de Cádiz. Doctorado en Medicina por la Universidad de Sevilla. Especialista en Aparato Digestivo por el Hospital Virgen del Rocío de Sevilla. Máster en Investigación Biomédica por la Universidad de Barcelona. Presidente de la Asociación Española de Hígado y Riñón desde 2013. Elegido Líder de Sanidad de España en 2016. Facultativo adjunto del Hospital La Mancha-Centro de Alcázar de San Juan (Ciudad Real) y el Hospital Quirón Salud de Toledo. 

 

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Usted es un doctor experimentado y uno de los mayores especialistas de Gastroenterología y Hepatología del Estado español. ¿Cuándo decidió que quería dedicarse a la medicina? ¿Existe algún antecedente en la familia?

Decidí estudiar medicina después de realizar un año en la facultad de ingeniería, cuando me di cuenta de que no era a lo que quería dedicarme el resto de mi vida. La medicina te permite profundizar en las materias que contiene y exige una formación continua para estar constantemente actualizado y tratar de la mejor manera posible a las personas que atiendes. En mi familia se dedican en su mayoría a la enseñanza, pero tengo dos tíos y una hermana que también son médicos. 

 

Me imagino que uno no nace con esa reputación ni con todo hecho. No habrá sido sencillo y habrá encontrado muchas dificultades por el camino… 

Por supuesto. Llegué con diecinueve años a España, ya hace veintiséis. No hablaba bien el idioma y a eso se añadía una carrera difícil y compleja, así que me costó unos cuantos años adaptarme. Esta profesión requiere mucho sacrificio, horas y horas de estudio y dedicación, pero cuando ves que avanzas y por fin vas cumpliendo metas, te animas a seguir esforzándote. Después del examen MIR, contactas cara a cara con pacientes y es lo más ilusionante, ver que puedes ayudar a otros, aliviar o curar la inquietud que produce una enfermedad en una persona y todo su entorno. 

 

Acaba los estudios en el instituto Zineb Nafzaouiya, y cambia Tánger por Cádiz y Sevilla. ¿Se imaginaba que sendos períodos en las universidades españolas serían el preludio de una vida aquí?

Al contrario de lo que piensa la gente, los marroquíes vienen aquí con la intención de volver a su tierra. Sin embargo, unos hacen de España su país adoptivo, algunos tienen hijos y les cuesta volver y otros, como yo, hallamos nuestra media naranja. Además, después de más de un cuarto de siglo, uno ya no sabe si es más español que marroquí o una mezcla de ambos. Tenemos cosas de ambos pueblos y nos sentimos en casa tanto en uno como en otro. 

 

Guarda una relación muy especial con la Universidad de Sevilla, en la cual, además de realizar el doctorado, imparte colabora en proyectos de investigación… Pero, el Hospital La Mancha Centro es su casa desde hace doce años. ¿Qué le ha aportado esa vinculación con el centro médico castellano manchego y con la localidad de Alcázar de San Juan?

Guardo muy buenos recuerdos de la ciudad de Sevilla, en la que viví durante cuatro años. Efectivamente, Alcázar se ha convertido en el lugar en que he pasado más años y es, por tanto, mi hogar. Aquí me encuentro muy a gusto. Es una ciudad acogedora y hospitalaria, donde hallo la tranquilidad y bienestar que me hacen falta para seguir estudiando, dentro y fuera de la medicina.

 

Hablemos de sus últimos meses en el hospital. Entiendo que habrá hecho de todo durante la pandemia, incluso en ámbitos lejanos a su especialidad. ¿Cómo lo ha vivido?

Esta pandemia ha tambaleado nuestros cimientos, tanto en sanidad como a nivel social. Dentro del hospital hemos vivido momentos difíciles, pacientes que no han superado la insuficiencia respiratoria por no existir un tratamiento eficaz. Al mismo tiempo, teníamos mucho miedo de contagiarnos y contagiar a nuestras familias. Nuestro hospital se transformó en un centro de atención casi exclusiva a COVID-19. Digestólogos, oftalmólogos, rehabilitadores… Todas las especialidades fuimos incluidas en las plantas de hospitalización y dejamos de lado nuestra asistencia habitual. Después de tanta mortalidad, me da rabia ver que la sociedad no ha aprendido nada. No se han mejorado los recursos sanitarios y sigue mermando la economía, por lo que me figuro que tardaremos mucho en recuperar lo perdido. 

 

La COVID-19 ha venido para quedarse. ¿Qué supone la aparición de esta enfermedad para la Gastroenterología y la Hepatología?

Hasta el momento no se ha definido muy bien la repercusión de la enfermedad en el aparato digestivo. Sabemos que produce náuseas, vómitos, diarrea y úlceras gástricas, pero aún hay bastante que investigar. Se quedará con nosotros hasta que no dispongamos de una vacuna eficaz o alcancemos inmunidad de rebaño, con las consiguientes pérdidas de vidas a costa de los más vulnerables. 

 

Algunos días pensamos que la situación ha mejorado y es diferente con respecto al inicio de la pandemia. Otros, tenemos la evidencia de que no ha cambiado nada y que nunca abandonamos esa fatídica etapa. Si lo vemos con perspectiva y con un punto de vista profesional, como el suyo, ¿existe alguna diferencia entre marzo y septiembre? 

La diferencia más importante es la presión sobre los hospitales y el conocimiento de las normas de precaución por parte de la sociedad. En marzo no fuimos avisados y no tomamos medidas preventivas para reducir el contagio, lo que ocasionó ingresos graves y muy numerosos por una alta carga viral. Además, la información que teníamos de la COVID-19 estaba edulcorada. En la actualidad, a pesar de que muchos ignoran las normas, la mayoría de la población emplea la mascarilla y realiza el lavado de manos, por lo que esperamos que los ingresos sean paulatinos y no colapsen los hospitales, que es sumamente importante para dar a todos las mismas opciones terapéuticas. 

 

El aumento de casos, rebrotes y las escenas de municipios confinados se repiten y recuerdan escenas vividas a principios de año. Este déjà vu coincide con el inicio del curso escolar. Usted ha sido muy crítico y ha definido las clases presenciales como una irresponsabilidad. ¿Están los colegios realmente preparados para asegurar este año educativo con las medidas de seguridad correspondientes?

Los colegios pueden estar preparados, limpiarse y desinfectarse, pero el problema se encuentra en los portadores del virus, sobre los que el colegio no puede actuar. Si reunimos a tantas personas en una habitación aumenta exponencialmente el riesgo de transmisión y, sobre todo, en niños pequeños, que no pueden permanecer conscientes de las normas durante cada minuto que pasan en las aulas. Merecen una mención especial los adolescentes, que nos han demostrado que no podemos contar con ellos. En general, una parte importante de la sociedad no está dispuesta a renunciar a los privilegios que tenía antes de la pandemia, en términos de ocio y relaciones personales. 

 

También ha reprobado la credibilidad de la totalidad de los gobiernos, tanto a nivel estatal como autonómico. ¿En qué creen que han errado? 

A mi parecer, ha faltado coherencia en la implantación de una estrategia uniformada y constante desde el inicio de la pandemia hasta ahora, lo que ha incluido en la falta de credibilidad por parte de los ciudadanos. También ha sido errático el reparto de responsabilidades, a veces regional y otras nacional. De lo que no puede carecer un país es de unidad ante una situación tan grave como la que hemos vivido, con miles de muertos y familias afectadas en varios aspectos. Habiendo avistado lo que se nos venía encima con el panorama de China e Italia antes de nosotros, fue una temeridad no tomar medidas, confinarnos por zonas, controlar las fronteras, blindar las residencias geriátricas, disponer de equipos de protección, etc.  Desde luego, lo que falta en este país es la autocrítica. Si nos negamos a una auditoría externa es porque no estamos dispuestos a aprender y corregir los errores del pasado, lo que nos llevará a repetirlos. 

 

¿Qué diferencias encuentra entre la gestión de la pandemia realizada por los diferentes gobiernos españoles y la que ha llevado a cabo el ejecutivo de Marruecos? 

Marruecos no dudó en cerrar las fronteras. En España, por el contrario, hubo gente que a primeros de marzo hizo turismo por Italia. Ahora podemos llevarnos las manos a la cabeza, pero eso pudo desencadenar un contagio tan rápido y extendido. Lo que hemos visto es que la gente no puede seguir adelante si no tiene ingresos, lo que ha derivado en que se alivie el confinamiento, primando la economía sobre la propia salud. Es entendible, pero muy arriesgado. No obstante, los diversos países han terminado haciendo la misma estrategia. Quizá nuestra situación es peor por la apertura acelerada de julio y la falta de civismo por un sector grande de la población, echando por tierra el trabajo llevado a cabo en los meses anteriores. 

 

¿En su relación con la medicina, qué diferencia a la comunidad marroquí con respecto a otras occidentales? ¿Cuál aguanta más en casa antes de ir al hospital? Se dice que el europeo se presenta en urgencias con la primera tos y en Marruecos se aguanta mucho más antes de personarse en el centro médico. ¿Quién oculta menos sus enfermedades? 

Hay que tener en cuenta el diferente acceso a la sanidad y la cultura sanitaria de una sociedad y otra. El ciudadano español identifica mejor sus síntomas y la gravedad de los mismos y consulta con un médico porque no tiene que abonar esa asistencia en el momento. En igualdad de condiciones, probablemente ambas sociedades se comportarían de la misma manera. 

 

En su larga trayectoria como facultativo y profesor, supongo que habrá padecido o sido testigo de escenas propias de racismo que forman parte de la vida diaria. ¿Cómo se producen esos prejuicios tan frecuentes en el Estado español en su profesión?

El racismo frecuentemente va asociado a la pobreza. La gente no discrimina a un rico, sea cual sea su raza u origen. En España, el nivel cultural de la población inmigrante suele ser bajo, lo que dificulta su adaptación y favorece las relaciones con personas de su misma procedencia. Aprender el idioma es fundamental. Desde el punto de vista sanitario, no se producen diferencias a la hora de atender o dar un tratamiento a un paciente. La inmigración está hoy muy extendida y atendemos a personas de decenas de países. Lo que sí se encuentra es una falta de entendimiento porque las personas no dominan el idioma y no son capaces de comprender lo que dice un médico. Eso genera desconfianza y entorpece la asistencia sanitaria. 

 

¿Los médicos y el sistema sanitario tratan igual a un migrante que a un autóctono? ¿Con el colapso sanitario tras la pandemia, esa brecha se ha agrandado? ¿Cómo han vivido las personas con menos recursos su propio contagio o el de sus familiares? 

Como he dicho anteriormente, a la hora de atender a un paciente, nunca se mira su nombre ni su raza ni su país de origen. Se trata el caso, la enfermedad, y se ofrecen todas las alternativas terapéuticas con independencia de esos factores. El obstáculo entre médico y paciente es el idioma, pues impide que se tenga una relación fluida y de confianza y genera posibles malentendidos y prejuicios. La pandemia ha generado la necesidad de más ayudas sociales. Las personas con menos recursos precisaban confinarse en pisos pequeños, con muchos convivientes, gastar dinero en la compra de mascarillas… 

 

¿Por qué motivos cree que se suceden este tipo de discriminaciones de forma tan frecuente y en la mayoría de ámbitos de la sociedad? 

Creo que la gente discrimina usualmente al diferente, al que viste, come o habla diferente. Cuanta más cultura se tiene, menos intolerancia hay porque se conoce y comprende al otro y se aprende a valorar su diferencia y cómo esta enriquece a nuestra sociedad. La discriminación no entiende de fronteras. De hecho, en el mismo Marruecos, también hay racismo hacia la población subsahariana o hay distinción en el color de piel entre los propios autóctonos. Conforme más frecuente sea la inmigración, menos rara se verá, pero solo con la educación de la población, en especial de las nuevas generaciones, se podrá paliar.

 

¿De qué forma se puede y se debe trabajar en la lucha contra el racismo?

Yo no soy experto en este campo, por lo que solo puedo hablar desde mi punto de vista y experiencia personal. Me parece que el conocimiento, la cultura y el fomento de las relaciones interpersonales son fundamentales, así como un programa de inclusión total de las minorías por parte del gobierno. La culpa no es de nadie y la solución es de todos. 

 

¿Qué aconseja a los migrantes que llegan, especialmente jóvenes, en busca de una mejora de sus condiciones de vida?

Si me está preguntando por los menores sin papeles, creo que desde el gobierno debe diseñarse muy bien el programa que se quiere seguir con ellos, fomentando su formación para que puedan ser autónomos y aportar a la sociedad. Yo les aconsejo que aprendan muy bien el idioma, porque les abrirá las puertas de la educación y el trabajo que tanto ansían y, segundo, que persigan un objetivo que les ayude a lograr su propósito.

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