¿Quiénes son las laicas del islam? (II)

Reportaje de Júlia Bacardit
http://juliabacardit.com/

Bo (pseudónimo), 18 años

 “No te pongas tirantes, no hables con chicos, no te siente con tus primos, no te sientes con short ante tus parientes masculinos más grandes. Para mí esto era normal, pero cuando tenía doce años, un amigo mío me vino a buscar para ir a jugar al baloncesto. Era viernes y mi padre volvía de la mezquita; nos vio. Me cayó la primera hostia fuerte, y entonces, empezó mi doble vida. En casa, no (me) pueden ver haciendo política, ni con chicos, ni vestida de una determinada manera. Desde los quince años que formo parte de un grupo antifascista y comunista”.

Bo tiene dieciocho años y ha acabado primero de bachillerato. Vive fuera de Catalunya y me llama desde la calle para que la oigan los de casa. Tiene muchos correos electrónicos diferentes, tiene las redes sociales cerradas y no agrega ninguno de sus familiares ni conocidas de la familia. Su madre llegó a Andalucía para casarse con su padre cuando tenía la edad que su hija tiene ahora.  El marido no la dejaba trabajar ni estudiar, ni salir sola de casa; cuando se quedó sin trabajo, reprochaba a la mujer que trabajara: decía que no podía ser, que el hombre de la familia se quedara en casa. Necesitaban el dinero, porque la madre de Bo había tenido tres hijos seguidos en muy poco tiempo. Dejó a su marido cuando se dio cuenta de que tenía una relación seria con una mujer española. “Mi padre solo se casó para continuar el apellido. Estuvo con muchas mujeres”. La madre se separó y se sacó el pañuelo, se tiñó de fucsia, se puso pantalones estrechos y empezó a estudiar. Un día, una mujer del barrio la vio hablando con un hombre y corrió la voz en Marruecos: “entonces, mi madre decidió que tenia que volver a casarse; mi padrastro también es conservador. En casa, soy muy practicante, rezo siempre y no me salto el Ramadán, porque me podría en problemas. Por desgracia, mi madre es analfabeta, pero mi padre sí que sabe qué es el comunismo y puedo descubrir que soy comunista y, por tanto, atea”.

Cuando le pregunto si cree que la universidad es una vía de independencia para las españolas de familia musulmana practicante se muestra escéptica: una prima suya tiene dos carreras y habla muchas lenguas, pero acabada la segunda carrera la han casado enseguida. “Mis primos ya lo decían, esto, buscar una mujer con estudios para entretenerse. Pero después, la cierran en casa”. Le pregunto qué piensa del feminismo islámico, si nunca se ha sentido próxima. A primeros de meterse en política, pensaba que esta aproximación islámica al feminismo era necesaria; la militancia antifascista y feminista en diferentes espacios la hizo cambiar de opinión:

“El feminismo islámico defiende la represión de una mujer solo por el hecho que ha sufrido el colonialismo, el racismo y el imperialismo; es el ‘no toques su cultura’. ¿Promocionar una cultura misógina al mismo tiempo empodera a las mujeres? No lo creo. ¿Cómo se puede ser tolerante, obligar a las mujeres a hacerse pruebas de virginidad antes de casarse? Aún así, me solidarizo con las mujeres que llevan hiyab. Sé que no puedo arrancárselo, primero porque sería hacer lo que me han hecho a mí: presionar. Y segundo, porque sería paternalista, asumir que son tontas. Y no puedo estar pensando que mis compañeras son tontas, por más que sepa que la mayoría de ellas llevan hiyab porque se sienten presionadas. Tenía una amiga muy musulmana que lo sigue siendo y me decía que lo pusiera, me preguntaba si no me daba vergüenza ir vestida como una occidental […] En la calle, eres mora, no eres blanca, no eres occidental; pero, en el centro cultural o en la mezquita te reprochan que te comportas como una occidental. Al final, no sabes de donde eres, porque allá donde vas te castran una parte de la identidad”.

Hanan Serrouhk y Mimunt Hamido

Hanan rechazó el matrimonio cuando todavía no había cumplido quince años. Se escapó de la casa familiar: la quería casar aquí, en Catalunya. La encontró una guardia urbano, por la noche, era menor y fue tutelada hasta los dieciocho; después, salió del centro. Era la Barcelona del 92. No había recurso de ningún tipo para extutelados, y Hanan combinó estudios con trabajos nocturnos y sociosanitarios. Se empezó a interesar por el ámbito social, se dio cuenta que hacían falta referentes. Referentes no tanto por lo que respecta a la identidad o la multiculturalidad sino en el sentido de la tutela. Con este objetivo, fundó la entidad Punto de Referencia, activa todavía hoy, pero sin la vinculación de Hanan, que forma parte de GEES, un grupo de estudios sobre dinámicas sociocomunitárias para prevenir la radicalización. “Lo que parecía anecdótico, los matrimonios obligatorios, hoy en día pasa más que antes. Se han normalizado ciertos discursos y conceptos de identidad que repercuten en los adolescentes, que son catalanes o españoles, pero que los segregamos por etnia o identidad religiosa. Estamos dando protagonismo a esta identidad a la hora de configurar la sociedad y las dinámicas de relación”.

Hanan Serrouhk y Mimunt Hamido / nativa.cat

Cuando acabó EGB, Mimunt se quedó en casa dos años. A los dieciséis, su padre y ella convencieron a su madre y Mimunt empezó el bachillerato nocturno. Tenía diecisiete cuando dejó Melilla y llegó a Málaga: no quería la vida a la cual estaba destinada, matrimonio y maternidad. Se fugó y ahora ve a la familia una vez al año, de vacaciones. No ha reconocido nunca su ateísmo en casa: su madre llora cuando critica el islam. “Una profesora de física me dijo que me ayudaría. Me acogió en su casa tres meses y me pude buscar un trabajo y empezar a trabajar”. Acabó COU y entre trabajo y trabajo, empezó la carrera de sociología, pero, la tuvo que abandonar: combinar los horarios de la hostelería con los estudios era imposible. Tanto Mimunt como Hanan se oponen, de manera rotunda, al feminismo islámico: ven en él una farsa ideológica que perjudica a las sociedades y que responde, en última instancia, a dinámicas geopolíticas.

Mimunt: si tu hija lleva pañuelo, y dice que quizás llega tarde, la dejarás ir a actos y charlas porque tu hija ‘es pura y va a representar el islam’. La misma propuesta de salir la hace una hija sin hiyab y los padres le responderán que no, porque el padre ya no se fía de ti, porque quien sabe si todavía eres virgen. Los hombres que ves no sabes si son musulmanes; en cambio, si ves una mujer con hiyab sabes que es musulmana. El hiyab es una manera de hacer visible el islam en las calles. Yo soy rifeña, y el hiyab nos colonizó en los años ochenta. Mi abuela llevaba un pañuelo que se quitaba y ponía cuando quería. Mi madre no llevaba hiyab. Esto hubiera evolucionado y ahora nadie llevaría hiyab si no fuera porque el hiyab llegó como influencia de Arabia Saudí. Antes, la gente se reía y todo, de quienes llevaban hiyab. Les decían ‘las hermanas musulmanas’, en referencia a la Hermandad Musulmana. Quién promocionaba el hiyab eran los hermanos musulmanes. En Marruecos, la Hermandad no caló tanto. Pero, en los ochenta hubo una oleada migratoria de marroquíes hacia Alemania y Bélgica, y el gobierno wahabí pagó mucho dinero para construir mezquitas en Bélgica, Alemania y Holanda: enviaba imanes, como también ha enviado a lugares como Salt. El laicismo viene de la Revolución Francesa y la Ilustración. En el Magreb, quién estaba en contacto con las ideas laicas eran los hijos de la clase alta que volvían de universidades europeas en la época de Nasser y Atatürk, que prohibió el velo en la escuelo y lo prohibió todo; fue un gran dictador. El problema de este movimiento laico que llegó al Magreb es que no venía de abajo a arriba, venía de las clases altas y esto lo hacía inevitablemente elitista. Y los elitistas se olvidaron del pueblo: aquí entró en juego la Hermandad Musulmana.

Hanan: grupos como los Hermanos Musulmanes sabían que en sus países de origen los encarcelarían, no podrían normalizar su presencia y tendrían problemas de financiación. Y vieron en el flujo migratorio una oportunidad de internacionalizar la ideología, ganar adeptos y captar fondos. Así, a través del factor migratorio, aparte de instalarse y de crear redes en Europa, consiguieron reconquistar los países árabes –los Hermanos Musulmanes lo han hecho en lugares como Argelia; son muy inteligentes: allí donde no llega el estado llegan ellos. Así venden el modelo islámico como ideal y como más justo. Un poco como hacen las feministas islámicas (y como hace Erdogan en Turquía). En Europa, el mensaje radical del islam no se entiende, porque no sé sabe nada del islam. El siguiente paso es instaurar la ley islámica y en esta trampa está cayendo Europa: el peligro no son los atentados, son escandalosos, pero no son el problema. El problema es el nuevo modelo social basado en el modelo islámico que está creciendo en los barrios (de bajos ingresos).

Mimunt: las feministas islámicas están convencidas de que son feministas. Son muy mediáticas, algunas de ellas son conversas. ¿Dónde se ha formado el feminismo islámico? Aquí en Barcelona, el 25 de octubre de 2005. Lo hizo la Junta Islámica, donde sobre todo hay conversaciones y musulmanas nacidas aquí o que hace mucho tiempo que están aquí: ¿Por qué? Porque las que han nacido en el Magreb saben que no se puede ser feminista y justificarlo a través de la religión. Reivindican que su feminismo es religioso porque se justifica por una revelación del arcángel Gabriel al profeta Mahoma. Te dicen que el Corán es más igualitario que la Biblia; es cómo si me dices que tal serie es menos sangrienta que tal otra. Hablan de más igualdad porque en el Corán se permite que la mujer herede (y en la Biblia no); aún así, como mujer, heredas ‘la mitad que tu hermano’. Se está creyendo (y se lo cree ERC como se lo cree la CUP o Podemos) que puedes justificar tu feminismo a través de unas escrituras sagradas. El burkini es una traición a las mujeres musulmanas que en países como Argelia, Marruecos, Turquía o Irán se están dejando la piel y la vida por sus derechos: van a la prisión. En definitiva, el feminismo islámico vende porque hay un gran desconocimiento del islam.

Hanan: Enfrentarse a la familia y la tradición es complicado. Todas las que plantan cara la inquisición islámica que está creciendo en Europa con la complicidad de los políticos están totalmente dejadas de la mano de todos: intentan acomodar la propia realidad sin correr grandes riesgos. Nos afectará a todos, la base de nuestros principios democráticos, el modelo según el cual viviremos en las propias generaciones. ¿Somos conscientes de cuál es el modelo ante el que estamos cediendo? ¿Sabemos qué precio tiene, para toda la sociedad, en un futuro no muy lejano, la foto folclórica del político con el imán? La política islámica está entrando en las administraciones y en los proyectos políticos de diferentes grupos que tenemos en el Parlament. Hay que empezar a revertir esta situación y hay que debatir seriamente. Debatir no quiere decir tener un discurso xenófobo, quiere decir construir un marco común en el cual todos participamos por igual.  Es cuestión de separar el que es la fe musulmana (porque hay gente que necesita tener fe, sea judía, cristiana o budista): todo esto es respetable. Lo que no es respetable es imponer un código social, moral, político y de orden económico que se quiere imponer con el concepto islámico. Me reconozco con ciertas sensibilidades de la fe musulmana, pero rechazo y combato el código, la inquisición y la política islámica que crece en Europa.

Un grupo de WhatsApp para laicas

Nira y su amiga X (nombres falsos) tienen diecinueve años. Se conocieron a través de un grupo de WhatsApp con otras chicas y mujeres españolas que se encuentran en la misma situación, como Bo o Noa. A pesar de que tienen edades diferentes y no viven en las mismas localidades, algunas se han encontrado para compartir experiencias y se han hecho amigas. Ambas estudian, derecho y diseño, respectivamente. Las redes sociales han supuesto una vía de escape para ellas. X es hija de un imán y limpiadora. Su madre no lleva velo y trabaja desde antes de conocer a su marido. X, como su madre, tampoco lleva el velo, pero en casa solo tiene faldas largas y medias negras: lleva tirantes gruesos y pantalones largos. Nira lleva pantalones anchos y largos y una chaqueta en la bolsa y se lo pone cuando se acerca a casa. “Me han hecho chantaje emocional con el tema del hiyab, pero saben que no me lo pueden imponer porque si lo hacen será contraproducente”; el padre de X también lo intentó de manera amable, le decía que si se lo ponía estaría muy bonita, pero como que su madre no lo lleva, no pudo obligarla.

La madre de Nira lleva el hiyab desde que se casó. “Mi hermana grande también lo lleva desde antes de casarse; mi hermana mediana y yo somos las únicas que no lo llevamos. La religión viene en un momento en que uno está solo, en la desesperación. Mi hermana llegó aquí de adolescente y fue complicado, para ella. Tenía unas amigas que también eran muy religiosas y se incorporó a su grupo. Fingí el Ramadán, en casa”. Cuando fue a Marruecos, Nira se encontró extraña. Es vegetariana y nadie lo tenía en cuenta; no podía salir a pasear, cerrada en casa. X y ella me explican que la realidad de Marruecos es diversa. Casablanca es una ciudad mucho más permisiva y laxa que sus pueblos rifeños de origen. La gente de Casablanca puede vivir un islam más permisivo. También, hacen una distinción entre las occidentales laicas o conversas al islam que viajan a Marruecos y las norte africanas, porque las normas son menos estrictas con las que no son autóctonas: “el cuerpo de la mujer tiene que estar tapado, incluso en casa por respeto a mi padre y a mi cuñado: a los seis años ya no me dejaban llevar falda. Por eso, el feminismo islámico me parece contradictorio. Hace una limpieza al islam, lo vende como una religión progresista. Coge la religión y la renueva para que a la gente le guste y la acepte”.

X ha tenido varias parejas, algunas femeninas. Con las chicas era más fácil, porque las podía invitar a su habitación y decir a la familia que eran amigas. Nira ha tenido un amante musulmán que le reprochaba la laicidad. Tanto una como la otra, tenían citas con el medio de que las descubriera el padre.

“El padre es el imán de la mezquita del barrio, pero en casa hay alcohol, le ha puesto los cuernos a mi madre, ha ido de putas. Mis padres han fumado de todo (mi madre incluida), pero mi padre lee el Corán todo el día y hace clases de religión en la mezquita: la gente cree que es muy pío. Una vez me vio con una falda sin medias; me tuve que aguantar la risa, porque como se supone que las acciones de los hijos también condenan a los padres, mi padre me dijo que por culpa de mi falda sin medias, él iría al infierno. Si va al infierno será por culpa de mi falda, no por haber ido de putas! Siempre utilizan el chantaje emocional.

—¿Habéis tenido fe?

Nira: Yo antes tenía fe. Pero, nunca recé realmente hasta que entré en la fase de negación. Pensé que Dios no existía y me espantó y empecé a rezar hasta que me di cuenta de que no podía seguir con el autoengaño. Mi cuestionamiento nació de las clases de filosofía y de una amiga mía que yo ya veía que iba por otro camino y que me confesó que no creía.

X: La fe la he vivido solo una vez en la vida y fue con mucho miedo. De pequeña, me tomaba la religión como un juego divertido, solo seguía a mis padres. Hasta los diez años. Me pasó una cosa muy traumática y pensé: si Dios existe, yo iré al infierno, no tengo escapatoria. [X no me da ningún detalle, pero su ‘historia traumática’ implica un mayor de edad y un acoso o abuso sexual; ha hablado con psicólogos]. Estaba segura de que era culpa mía y que iría al infierno y me asusté mucho, tenía mucha ansiedad. No sé cómo, un día perdí el sentimiento de culpa: dejé de creer en lo que había creído.

Nira: Dejar de ser musulmana es una liberación, porque vives en un estado constante de culpabilización, de ser mala musulmana. El primer chico con quién estuve, musulmán, me culpabilizaba por no creer, pero en cambio, él fumaba lo que quería, bebía, hablaba con chicas y nada de esto lo hacía sentir culpable. Cuando me bebía una cerveza, él me decía: “seguro que lo haces para llamar la atención”.

X: Te dicen exagerada, o que mientes. Y cuando hablas, te saltan con la excusa de la xenofobia, que es real, pero que en parte utilizan para acallarnos. Nosotras criticamos el islam, no los musulmanes como individuos: criticamos una ideología.

Nira y X coinciden en que las prohibiciones del burkini, el hiyab, el burka o la comida halal serían contraproducentes: su línea roja es el hiyab a las niñas. Si las políticas públicas dependiesen de ellas, invertirían en espacios y ayudas para las mujeres que quieren dejar la religión.

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