¿Quiénes son las laicas del islam?

Reportaje de Júlia Bacardit
http://juliabacardit.com/

Algunas de las prohibiciones de las niñas y mujeres crecidas en hogares donde se sigue la pauta islámica son: no hablar con chicos, tapar el cuerpo ante los parientes en casa, salir de casa vigilada o no poder hacerlo si no es para ir a la biblioteca, guardar silencio forzado sobre la propia carencia de fe, comportarse como una mujer casta ante la comunidad. En algunos casos, se ven empujadas a casarse, y si las familias lo encuentran conveniente se lo hacen pruebas de virginidad previas.

No todas las familias son iguales ni todas las chicas reaccionan a las normas del mismo modo. Los últimos años, la prensa catalana y española ha dado voz a musulmanes practicantes que optan por llevar el velo y reivindicarlo como una pieza de liberación personal y de identificación con la cultura propia. Esta línea ideológica se ha bautizado como feminismo islámico, que defiende que el islam es una religión que aboga por los de derechos y la igualdad de las mujeres.

En contraposición con la interpretación de la religión que hace el feminismo islámico, las mujeres y chicas que entrevisto son laicas y viven o han vivido y huido de hogares religiosos. La mitad son anónimas, y todas defienden que su identidad como catalanas o españolas de raíces norte africanas no tiene que pasar por unas tradiciones que consideran misóginas. Algunas de ellas son activistas del laicismo, como es el caso de Mimut Hamido, Násara y Hanan Serrouhk; otras también laicas, como Laila, defienden que la solidaridad con las hiyabis occidentales es necesaria. Entre ellas y su laicidad se imponen trabas como la presión de la comunidad en la diáspora, el vínculo fuerte con la familia y, en algunos casos, la conexión emocional con el islam heredado que las dificulta alejarse de manera definitiva. Cómo explica Mimunt, además de una religión, el islam también es una pauta a la hora de hacer cosas tan cotidianas como limpiarse. Entre el rechazo de la comunidad de origen y las acusaciones de islamofobia o la indiferencia de las instituciones y, a menudo también de la izquierda, las laicas del islam reclaman un espacio desde donde hablar. Este espacio tiene que existir, al margen de la derecha y la ultraderecha, que aprovechan su visión contraria a las imposiciones religiosas que viven o han vivido para justificar la xenofobia contra el conjunto de personas de origen musulmán en España.

Nao, 21 años

Nao tiene veintiún años y ha crecido en España. Es de origen marroquí y familia musulmana. Antes de marchar de casa, sus padres pasaron por dos pruebas de virginidad, una de ellas, en el estado español.

“Me hicieron una prueba de virginidad a los catorce años porque mi madre dudaba: me había visto hablar con niños. La otra fue porque me prometí y la familia del prometido la pidió. ¿Por qué me prometí? Porque en casa me decían que ya me estaba desviando del camino y que debía casarme. Me prometieron en Marruecos, y cuando volví a España, me dijeron que habría boda seis meses más tarde. Entonces, empecé a pensar en cómo marchar de casa, porque yo no trabajaba. Estudiaba en la universidad, pero vivía con mis padres y dependía de mi familia. Tampoco había trabajado nunca. Es todo muy reciente y complicado. Para que mis padres no notaran que me iba, yo cogía una prenda de ropa y la llevaba a casa de una amiga. Así, cada día, poco a poco. El último día, me llevé una mochila y fui a casa de la amiga, puse toda la ropa en el saco y me fui. Eran las ocho de la mañana cuando me marché de mi casa i no volví nunca más. Les dejé una carta. Cogí un autobús en dirección a Barcelona y, ya en él, rompí la tarjeta SIM de mi móvil».

En Barcelona, Nao buscó psicólogos y otros profesionales, porque en casa, su familia era víctima de violencia doméstica. “Poco a poco, organizaciones feministas me dieron un lugar donde vivir; fui a una casa okupa feminista no-mixta, en el Clot. Encontré trabajo y alquilé una habitación en Barcelona, pero, a finales de agosto, volví a Francia porque quería seguir estudiando y allí tengo becas y muchas más facilidades que aquí «. Le pregunto si le puedo hacer fotografías, le digo que no hace falta que sea la cara, si no quiere. Me dice que le es igual. Un día, su tío la fue a buscar a Francia . De nuevo, quería llevársela a la casa familiar: no lo consiguió.

Feminista del Sáhara, futura jueza española

“Soy profundamente laica, porque, solo desde la laicidad, se puede exigir justicia. Un sistema laico sería la única vía de levantar a los países arabes e impedir que se expropien nuestros recursos naturales y exigir derechos sin neutralitzarlos con la religión’.

Násara estudia tercero de derecho y quiere ser jueza. Nació en el Sáhara y  creció en Fuerteventura, tutorizada por su tío. Llegó a España sola. De los 11 a los 12 años, vivió con unos padres adoptivos. Cuando su madre emigró, Násara pasó de una familia acomodada de Asturias a compartir una casa de 30 metros cuadrados con la madre, la tía, el tío polígamo y tres hermanos. A los quince años, cuidaba a sus hermanos e iba a Cáritas a buscar ropa. “Llegamos a comer pan duro, porque no teníamos nada más para comer”. A los dieciséis, quería estudiar medicina, y a los veintitrés, vio que tenía que decidir entre su familia o su futuro. Escogió su futuro. Trabajaba por la mañana, estudiaba por la tarda, volvía a trabajar por la noche. Así, hizo el bachillerato y trajo una de las mejores notas de Cádiz. Mantuvo el blog ‘No nos taparan’, donde habla de temas como la poligamia o el hiyab.

“Mi tío imán era bastante radical, a pesar de que hay que lo son más. Cada noche aprendíamos el Corán, pero como que yo no era su hija, no podía exigirme muchas cosas. ‘¿Cuando te pondrás el hiyab? Cuando te venga la regla, tendrás que ponértelo’ me decía. ¿Qué significa el hiyab? Que soy un ser impuro y que por ser un ser impuro me lo debo poner —para no provocar pensamientos impuros en los hombres. Y también, significa castidad, significa decir a la sociedad que si no estoy casada soy virgen, y que si estoy casada soy fiel a mi marido. Las que se lo ponen por elección, con solo que haya un hombre en la sala, no se lo quitan. La elección de ponértelo es relativa: si tu madre, tu prima, tu tía y todas las mujeres de la familia lo llevan, te obligan, de manera implícita, a ponértelo, tu finalidad es el hiyab. El hiyab es un consentimiento, y no en todo consentimiento hay deseo: del consentimiento al deseo existe una buena diferencia. En España, muchas chicas viven una doble vida. Si están con la familia se ponen el velo. Cuando salen del entorno familiar, se lo quitan; tienen redes sociales cerradas para que los suyos no se enteren de que llevan una vida occidental.

El tío imán de Násara controlaba donde iba. Ante él, se ponía una camisa larga que se quitaba cuando su tío no estaba. Una vez, le vació un jarrón de agua en la cara por escuchar música. Estaba prohibida la música, ver Los Simpson, una película donde hubiera besos o ponerse perfume. Empezó a leer sobre filosofía y religión. “Nada encajaba. Me di cuenta que todo era mentira y que vivía en una mentira”. A pesar de ello, Násara se interesó, de entrada, por el feminismo islámico. Explica que ha sufrido xenofobia constante y que el mensaje antirracista y empoderador era atractivo, pero se dio cuenta que las compañeras se hacían siempre las mismas preguntas. Se cansó de recordar la historia de opresión racista y de la culpabilización a las mujeres blancas por el hecho de ser blancas.

“Blancas y racializadas podemos unirnos, dejemos de vernos como opresoras y oprimidas, burguesas y pobres. Es cierto que las opresiones son diferentes, la interseccionalidad existe, pero la raíz siempre es la misma: machismo, misoginia, sistema patriarcal […] Fuera de Occidente, quién defiende el velo es la extrema derecha islámica, que es mucho más salvaje, autoritaria y peligrosa que la extrema derecha de aquí. Allá no te preguntan. Primero, te cortan el cuello. Este es el problema. Tenemos que aguantar que la extrema derecha o la derecha occidental se aproveche de nuestro discurso y tolerar que la izquierda nos diga islamófobas. No se puede tildar de islamófobo a todo el que intenta criticar el islam. ¿Cuándo las feministas dicen ‘fuera rosarios de nuestros ovarios’ están siendo cristianófobas? […] ¿Te gustaría que te pidieran de forma implícita o explícita que te cubrieras los cabellos? No. ¿Te gustaría sentirte impura por el mero hecho de ser mujer? No. ¿Te gustaría sufrir la poligamia? No. ¿Te gustaría que te dijeran pecadora por enseñar el brazo? ¿Qué te dijeran puta constantemente por enseñar los cabellos? No. Lo que no quieras para ti, no lo pretendas para los otros”.

Laila, 21 años

“Yo era muy devota. En casa, socializamos en entorno musulmanes ortodoxos, pero nunca me dijeron que practicase. A mis hermanas sí que se les proponía rezar, pero yo era la más pequeña y me dieron más libertad. A pesar de esto, me interesé por la religión y estaba muy ligada; rezaba cinco veces al día (¡hasta más!) y hacía el Ramadán, pero no me ponía el velo. Hasta el día que decidí que era atea, yo hacía el Ramadán y rezaba, pese a que me sentía una musulmana laica. Ahora, no creo en Dios. Un día, me di cuenta que rezaba sin creer de verdad en lo que estaba haciendo, pero continuaba practicando. Es extraño, una persona atea practicando. Aunque ya no lo hago, me gustaba. Mi familia sabe que no practico, pero lo que no sabía es que ya no soy musulmana. Es un problema complicado y se habla poco, pero en los entornos de familias musulmanas, los hijos ateos lo tienen difícil: no pueden decir que rechazan su religión porque esto implica el rechazo absoluto de la familia”.

Laila estudia Filosofía y Ciencias políticas en la UPF y es de Badalona. No tiene problema en dar su nombre real, pero no quiere que le haga fotos porque cada año viaja a Palestina y, en el aeropuerto, le podrían poner trabas. Cree que el feminismo es laico por antonomasia. Para ella, el hiyab no puede ser liberador porque tiene un simbolismo muy ligado a la religión y difícil de resignificar: el de no seducir a los hombres. “No sé si podemos extraerle el significado patriarcal como se ha hecho con los zapatos de talón o el maquillaje, aquello de ‘me maquillo por mí, porque me veo bonita’. La significación del hiyab es más difícil que esto; pero el turbante o la shayla, que no son velos tan estigmatizados, creo que sí que pueden llegar a ser reivindicativos con la situación de la mujer. La henna, por ejemplo, solo se la pueden poner las mujeres. Es un símbolo de reivindicación cultural femenina”. De entrada, Laila también se interesó por el feminismo islámica. Pero, a diferencia del resto, tiene una visión menos radical con respecto a la relación con las occidentales que llevan y reivindican el hiyab como feminista. “Ninguna mujer está exenta de actitudes machistas. Por sororidad, no les recriminaré actitudes machistas, porque el enemigo es otro -las teocracias islámicas, por ejemplo. Se necesita ser muy críticas con las teocracias islámicas y el significado originario, patriarcal y machista del hiyab y, a la vez, sentir como compañeras a las mujeres que llevan el hiyab en Europa, no detestar el hecho de que se les dé un altavoz”.

A veces, Laila se pone la shayla, el velo que solo cubre parte de los cabellos. Se lo pone para reivindicar su identidad, para contrarrestar los comentarios que le hacían en la escuela, ‘tú eres española, tú no tienees que llevar el velo’: “Me he encontrado siempre que he intentado intervenir ante personas xenófobas y que me han  respondido ‘tú no eres como ellos, has nacido aquí’; entonces, tengo el instinto de reafirmarme y decir que yo también soy como ellas, yo también me puedo poner el velo y también me lo  pongo”. Esto no le impide hablar del control social que comporta el hecho de crecer cerca de la comunidad musulmana migrada en una ciudad como Badalona, y explica que las presiones sobre las chicas como ella son a tres bandas: “La comunidad musulmana funciona con el que en nuestro argot llamamos la haram Police, familiares y gente que no conoces que te persigue para ver si tienes actitudes de buena musulmana. Esta comunidad musulmana conservadora nos oprime; después tenemos personas islamófobas, que normalmente son de derecha o ultraderecha, pero que a veces, también son supuestamente de izquierda, que solo recuerdan la crítica que se tiene que hacer de la religión cuando se trata del islam. En tercer lugar, existe una izquierda que, por miedo de caer en la xenofobia o la islamofobia, acaba tomando posiciones relativistas».

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