Que se mueran los pobres

Yo perdí la ingenuidad el día que descubrí una enfermedad llamada atrofia muscular espinal. Es lo que se denomina una enfermedad rara. Es decir, que afecta a muy poca gente.  El trastorno lleva a la  debilidad y atrofia de la actividad muscular voluntaria como hablar, caminar, respirar y deglutir.  En su versión más severa suele causar la muerte durante los primeros años de vida. La enfermedad no tiene cura, si bien existe un medicamento para niños que ayuda a contrarrestar sus efectos de manera revolucionaria. Se llama Zolgensm y su precio es de 1,8 millones de euros. Si, casi dos millones de euros. La fabrica Novartis.

Después de conocer ese dato no esperaba mucho de las empresas farmacéuticas, pero pensaba que esta crisis sanitaria serviría, por lo menos, para que la humanidad se replantease sus prioridades en la vida.

Algunos, incluso, hablaban de una magnífica oportunidad para empezar a hacer las cosas de otra forma, de una manera en la que el máximo beneficio no fuese exclusivamente el valor supremo.

Pero va a ser que no, como siempre. Se le llama capitalismo salvaje, y es por algo. El que más paga es el que más tiene, ya ocurrió con las mascarillas y vuelve a ocurrir  con las vacunas.

La primera que redujo las entregas comprometidas fue Pfizer, la excusa fue problemas de producción. Curiosamente coincidió con el milagro israelí y con otros envíos a algunos países del Golfo Pérsico que pagaron las dosis a un precio más elevado. AstraZeneca hizo más o menos lo mismo, le comunicó a la Comisión Europea que recortaría sus entregas un 75%.

A estas alturas, ya nadie duda de los intereses de las grandes farmacéuticas y todos sabemos que no son, precisamente, empresas que se dediquen a la beneficencia.

Y lo peor, es que nadie incumple la ley. Puede ser inmoral, pero no es ilegal. Las leyes aquí las impone el mercado, da igual que sean vacunas, mascarillas o cualquier medicamento esencial, aunque sea para pocos, siempre es lo mismo, oferta y demanda.

Y además con trampa. No hay que olvidar que Europa ha invertido 870 millones para investigación y distribución de la vacuna. Y ahora, hay 90 millones de dosis que se están vendiendo al mejor postor. Eso provoca que los planes de vacunación se retrasen varios meses y que muera más gente, pero el mercado es el mercado.

Algunos países ricos acumulan dosis hasta para cuatro veces el número de su población, y las pagan bien caras. Otros, los de siempre, se quedan fuera del reparto en este mercado de vacunas.

Y mientras tanto, qué hacemos? Algunos políticos, pocos, se quejan y los expertos se golpean el pecho denunciando la injusticia en las tertulias mediáticas. Eso y poco más, porque nada cambia.

Y es que es cómo en el salvaje oeste, aquí no manda el sheriff, mandan los pistoleros.

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