“menas” y sociedad

La presencia del racismo y la intolerancia son insoportables para una convivencia sana y real. El ataque hacia los colectivos -y más aún contra aquellos que atraviesan situaciones de vulnerabilidad- nunca tiene una justificación previa. Cada persona que forma parte de un grupo tiene su historia, sus influencias y su pasado particular. Los miembros (de estos) guardan semejanzas. También diferencias. Y en estas últimas, reside la riqueza de la cohabitación y la tolerancia.

Convivir no es hablar con el vecino de toda la vida. Signifca un acto de empatía. Acoger y aceptar al recién llegado. Introducirlo en la rutina del municipio. Cederle herramientas y aconsejar para que el migrante construya unos nuevos hábitos en base a las normas sociales de su lugar de residencia actual, pero sin olvidar su legado y sus referencias culturales. De hecho, el retrato de la Catalunya de hoy en día es heterogéneo, plural y multicultural.

Los municipios de Canet de Mar (Maresme) y Castelldefels (Baix Llobregat) han vivido situaciones de tensión entre vecinos y jóvenes MENA (Menores Extranjeros No Acompañados), que viven en centros tutelados de las respectivas localidades.  El discurso de los residentes en el lugar -lícito- es que el aumento de robos y la inseguridad en los municipios se debe a la presencia de los “menas”.

El 28 de febrero, unos 40 vecinos protestaron contra el Ayuntamiento de Canet de Mar. En la protesta, una mujer gesticuló con la mano al paso de jóvenes migrantes como si olieran mal. ¿Qué ápice de delincuencia e inseguridad existe en esa mano? El 5 de marzo en la misma localidad, un individuo entró con un machete en el centro de Can Xatrac (donde viven 50 migrantes no acompañados desde octubre) ¿Quién es el delincuente en esta cuestión? ¿Quién activa realmente la llama de la violencia?

El pasado fin de semana los conflictos tuvieron lugar en los aledaños de otro centro: Cal Ganxo (Castelldefels). El sábado 9, un grupo de jóvenes de la localidad y los migrantes discutieron y acabaron a pedradas. Eran las seis de la tarde. Tres horas y media después, 25 encapuchados irrumpieron en el albergue. Tanto “menas” (un chico fue trasladado al hospital por un ataque de ansiedad) como educadores acabaron con alguna contusión ¿Hay justificación precisa en esa venganza? Si la hubiera, se alegaría a la tentativa de incursión en el centro como un ajuste de cuentas pendientes (alejadas del componente racista).

Sin embargo, hubo un nuevo caso. Y esta vez, el grupo era más numeroso. Esto es, un intento sin la venganza incontrolable, fruto del instante y la tensión fugaces del momento. Detrás de la acción habitaba una reincidencia, una premeditación y, sobre todo, una organización: un acto racista. El odio razonado tiene una naturaleza sumamente peligrosa; más que la ira no discurrida. Porque se añade el componente del rencor, la aversión y la antipatía. El domingo 10, los jóvenes del sábado reunían a más de 60 personas. Los Mossos d’Esquadra no permitieron el acceso al centro tutelado. Sin la intervención policial, ¿cuáles hubieran sido las consecuencias?

Una vez expuestos los hechos, surge el interrogante supremo: ¿Por qué les atacamos? Porque no comprendemos ni queremos comprender su situación como vidas particulares dentro de un conjunto; porque su presencia incomodo; porque se aprecian lejanos y diferentes; porque piden derechos; porque se les presuponen menos convicciones y fortaleza moral. En definitiva, porque somos racistas.

En el autóctono -regido por el patrón y los rasgos occidentales- reside el miedo a la diferencia y al cambio en los hábitos. Pasa en el trabajo, en la política, en la cultura, y también en las relaciones sociales. La desconfianza y la neurosis ganan a la heterogeneidad de pueblos. La antipatía se impone a la comprensión; y ese último elemento, produce una ausencia total de conexión entre los estratos, pero también entre las distintas “nacionalidades”. Y al final se olvida el rasgo común (sin excepciones): tod@s vivimos en Catalunya y somos catalan@s (y de mil sitios, pero compartimos una serie de códigos y reglas sociales, y son para todos igual). Cuando alguien no tiene herramientas (porque no se las proporcionan desde su localidad, por ejemplo) para una correcta integración en la sociedad, hay que buscar culpables en otros lugares más allá de los centros tutelados. Como en todas las facetas, los valores educativos y formativos están en el vagón de cola.

El esfuerzo individual por escalar hacia la ampliación de una perspectiva más completa y compleja marca la diferencia y la autocrítica. Las generalizaciones (y más contra las personas extranjeras, y en concreto, los jóvenes) son un pésimo compañero de viaje y generan agresividad, prejuicios y, ante todo, desconocimiento de los relatos.

La ruleta de la intolerancia gira alrededor de un eje uniforme. El miedo surge a través de la inseguridad. Si somos seguros seremos capaces de tener una vida normal y equilibrada. Eso no llevará a no cuestionarnos decisiones políticas y económicas de los gobernantes. Es decir, un mayor control de los ciudadanos a cambio de la seguridad, porque “la necesitamos”; lucha de forma “incansable” contra la (in) seguridad. Vivir seguro proporciona al ser humano un abanico mayor de posibilidades dentro de la sociedad. Algunos, utilizan esa riqueza como un valor de superioridad. Una superioridad mal entendida que desemboca en la violencia. Y ¿por qué usamos la violencia? Porque tenemos miedo.

Las cifras de nuevos “menas” aumentan año a año. En 2017, 1.489 menores migrantes no acompañados llegaron a Catalunya. En 2018, 3.659 -140% más de un año a otro-. Las instituciones, tanto las ONGs como la Generalitat de Catalunya y los ediles (no siempre todos) trabajan sobre la cuestión para prevenir el racismo y la morofobia. Sin embargo, necesitan la ayuda de los ciudadanos porque es un problema transversal -a todos los niveles-. La empatía y la autocrítica son valores definitivos; así como, el respeto hacia l@s educador@s que, en muchas ocasiones, están sol@s. Y por si fuera poco, a est@s profesionales se les añade un hándicap añadido a la complejidad con la que ya viven a diario: la sociedad.

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