Marruecos y el Polisario: un conflicto congelado en el Sáhara Occidental Texto basado en el artículo de Small Wars Journal, ‘Frozen war: the Moroccan-Polisario conflict’, escrito por Jonathan Helton

Preparación: Sergi Llamas.  InfoTalQual

Las tensiones actuales remiten a un enfrentamiento que siempre ha permanecido activo y en el que el entendimiento entre la totalidad de las partes ha fracasado hasta quedarse parado en el tiempo. Aunque el conflicto refleje claros síntomas de congelación, las malas relaciones entre Marruecos y el Polisario nunca han cesado y sobre el hielo siempre suenan tambores de guerra

La disputa por el Sáhara Occidental entre Marruecos y el Frente Polisario es un enfrentamiento que comenzó en la década de los setenta, durante la Guerra Fría y se ha prolongado hasta nuestros días. La contienda ha dejado miles de fallecidos y desplazados que salieron del territorio en dirección a la vecina Argelia. Marruecos reclama el territorio del Sáhara como propio y el Polisario considera que el pueblo saharaui debería tener soberanía para gobernar su propio estado. Tras dieciséis años de guerra, en 1991, las Naciones Unidas intervino el territorio para asegurar la celebración de un referéndum de autodeterminación del pueblo saharaui, pero esa empresa no parece muy cercana en el tiempo. Últimamente, las tensiones se han agravado y la vía del diálogo ha fracasado. Por tanto, existe un riesgo elevado de un resurgimiento de la actividad armada entre Marruecos y el grupo de separatistas saharauis.

La disputa por el Sáhara Occidental antes de 1991

Tras las disputas a principios de la década de 1970, Marruecos demandó ante la Corte Internacional de Justicia que el organismo determinara el Sáhara Occidental como parte legal marroquí. El tribunal no hizo caso a la demanda del país norteafricano ya que encontraba que grupos locales podían gobernarse a sí mismos. Marruecos rechazó el fallo y, en 1975, tras la invasión de miles de marroquíes desarmados en territorio saharaui (“Marcha Verde”), el Estado español llegó a un acuerdo con Marruecos y Mauritania para que se dividieran el territorio del Sáhara. Los españoles se irían en 1976.

El acuerdo otorgó poderes administrativos a Mauritania y Marruecos. El primero cedió sus derechos al segundo en 1979. El recién nacido Frente Polisario (fundado en 1973) también quería una parte del territorio. Con el respaldo de Argelia, el Polisario proclamó la República Democrática Africana Saharaui (RASD) en 1976. Ante esta decisión, el contexto de la Guerra Fría tuvo peso: los separatistas saharauis recibieron el apoyo de la Unión Soviética y Cuba, y Marruecos el de las potencias occidentales.

El resultado de estas discrepancias fue una guerra de 16 años entre ambos bandos en la cual murieron 11.000 soldados (7.000 marroquíes y 4.000 saharauis) y miles de civiles (3.000 saharauis). Además, muchos más saharauis huyeron a la vecina Argelia como refugiados.

En el período de la contienda armada, los bandos no solo se disputaban el territorio en el ámbito bélico, sino que también movían sus fichas en el tablero diplomático. Por un lado, el Polisario encontró socios en el continente africano. En 1982, la precursora de la Unión Africana, la Organización de la Unidad Africana reconoció la RASD como gobierno de legítimo derecho del Sáhara Occidental. Dos años después, Marruecos abandonó la organización. Por otro lado, los marroquíes encontraron el apoyo de Estados Unidos y dividieron el Sáhara con una berma, minas, alambradas y patrullas: una barrera conocida como «Muro de la Vergüenza».

Tras la última ofensiva del Polisario en 1989, la ONU vio necesario intervenir en el lugar. En 1991, el Consejo de Seguridad creó la Misión de la Naciones Unidas para el Referéndum del Sáhara Occidental (MINURSO) con el objetivo de la realización de un referéndum para que los saharauis decidieran su futuro. Después de veintinueve años, la MINURSO no ha logrado su cometido y la votación sigue sin celebrarse. Las fuerzas de paz no han conseguido acercar a las partes ni que estas hayan agotado todas las posibilidades de diálogo.

Después de 1991

Pese al cese de la actividad armada, los bandos no han desmantelado su estructura militar. Según Global Firepower, el ejército marroquí tiene unos 300.000 alistados en activo, varios vehículos aéreos de ataques y más de mil tanques. La histórica colaboración estadounidense está detrás de este suministro. Según un informe de la CIA de 2011, el Polisario poseía en aquel momento cerca de 70 tanques, además de otros vehículos blindados.

La esperanza de vida es significativamente más baja en el Sáhara Occidental: 64,5 años por los 73,3 de la media marroquí. Otros indicadores como la mortalidad infantil (mucho más elevada) y el PIB per cápita (menor) evidencian las desigualdades entre ambos pueblos. Estos ítems varían dependiendo de la zona del Sáhara donde se viva. Al oeste de la berma, el nivel de vida mejora a causa de la inversión marroquí. Al este, muchos lugareños practican por obligación la vida nómada, pastorean camellos y caminan en busca de agua. El territorio del Sáhara tiene importantes recursos naturales: pesca y minas de fosfato. Unos bienes que pertenecen a los saharauis, pero que tanto el Estado español como Marruecos y Francia se han ocupado de hacer suyos. De hecho, los marroquíes presionan sobre esas exportaciones del Sáhara Occidental para convertirse en los vendedoros de los recursos.

 Marruecos controla más de dos tercios del Sáhara Occidental y las principales ciudades, incluido la antigua capital, El Aaiún

La berma divide el Sáhara Occidental desde 1987, aunque su construcción se inició a principios de la década de los 80. El «Muro de la Vergüenza» es una barrera de arena de ocho muros y de más de 2.720 kilómetros. Marruecos lo construyó en la zona ocupada para supuestamente evitar la incursión en territorio marroquí del Frente Polisario y la vuelta de los refugiados saharauis a su casa. En definitiva, es un entorno militarizado con búnkeres, vallas y campos de minas. Según un artículo de ‘Global South Development Magazine’, escrito por Adil Khan y publicado en 2015, se contabilizaban unos nueve millones de artefactos explosivos sin detonar de la guerra, minas terrestres y otros restos de explosivos alrededor de la berma. Acción contra la Violencia Armada (AOAV) y el Servicio de Acción contra las Minas de la ONU han ayudado en las tareas de limpieza de las minas y han intentado contribuir a la organización de la población para la retirada de explosivos y el socorro de los heridos por los artefactos.

Desde al alto el fuego, cesaron los enfrentamientos militares y ello contribuyó al desarrolló de algunos de los objetivos mencionados anteriormente. Sin embargo, el conflicto ha sido inestable y las dos partes nunca se han entendido ni han optado por destensar la cuerda. En 2001, un disparo de un soldado marroquí provocó que miles de combatientes del Polisario tomaran posiciones cerca del muro. En 2010, la seguridad de Marruecos mató a once manifestantes saharauis tras el derribo de una ciudad de tiendas de campaña al sur de El Aaiun. Ocho miembros de las fuerzas de seguridad marroquíes perecieron. En mayo de 2016, murió el secretario general del Polisario, Mohamed Abdelaziz, y las ideas del nuevo líder, Brahim Ghali, se acercaron a la confrontación. Durante esos meses, Marruecos desplegó efectivos en El Guerguerat, una región neutral y estratégicamente importante próxima a la berma y a la frontera entre el Sáhara y Mauritania. Supuestamente, los militares marroquíes vigilaban la construcción de una carretera, pero Ghali lo entendió como una violación del alto el fuego y envió miembros del Polisario al limítrofe territorio. El enfrentamiento que se produjo en esta zona todavía no se ha resuelto. La vuelta de la contienda armada se explica en parte por las tensiones no solucionadas en El Guerguerat, una de las vías comerciales ilegales más transitadas del mundo.

Los apoyos de cada bando

Pese a las hostilidades, el conflicto ha permanecido congelado en el ámbito militar desde la entrada de la MINURSO en 1991 hasta noviembre de 2020. La entrada de las Naciones Unidas no ha podido evitar que el terreno diplomático también se haya helado. Pero, el diálogo solo ha sido imposible entre los protagonistas del conflicto porque ambos bandos han buscado o encontrado apoyos para legitimar sus objetivos políticos. En parte por su salida de la Organización de la Unidad Africana, Marruecos ha tenido enfrente potencias continentales como Argelia, Sudáfrica y Nigeria. Entre 2014 y 2017, el monarca marroquí, Mohammed VI, emprendió una gira por África para acordar tratos comerciales con una serie de países. Realizados de forma intermitente, los viajes acabaron un mes antes de la vuelta del reino alauita a la Unión Africana (UA). En los últimos años, Marruecos ha recibido el apoyo de 28 países de la UA para solicitar la eliminación de la República Democrática Africana Saharaui de la organización. Incluso, países no africanos han llegado a retirar el apoyo a la RASD.

Si el país marroquí ha ido de menos a más y ha ganado adeptos por el camino, el Polisario ha perdido su influencia internacional con el paso de los años, a causa de los cambios en la geopolítica mundial. Sus apoyos externos estaban muy condicionados por la Guerra Fría y detrás de sus actuaciones tenía el respaldo de los soviéticos y los cubanos, además de otros estados comunistas durante la segunda mitad del siglo XX. Su principal apoyo, Argelia, ha mantenido la fidelidad a los saharauis y les ha ayudado con los campamentos para refugiados. En 2017, Sudáfrica detuvo frente a sus costas un barco marroquí que transportaba fosfato de las minas del Sáhara Occidental.

En la teoría, la RASD mantiene su presencia en la Unión Africana, pero su grado de influencia es ínfimo. Los estados africanos pueden apoyar al gobierno saharaui a título individual, pero no lo hacen en el conjunto continental de la UA. Prueba de ello es el creciente respaldo a Marruecos en su objetivo de expulsar a la RASD de la organización.

Pese a la victoria continental, la comunidad global ha puesto diques a la efusividad marroquí y a sus reprobables actuaciones. En 2016, el Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas (TJCE) rechazó que el acuerdo comercial entre la Unión Europea y Marruecos incluyera los productos del Sáhara Occidental. En 2015, el mismo TJCE apoyó una sentencia sobre los recursos naturales en el territorio, que resultó favorable a los saharauis. En ambos casos, se argumentó que el Sáhara Occidental no pertenecía al territorio marroquí, y ninguno de sus bienes debía incluirse en acuerdos comerciales UE-Marruecos. Los fallos se produjeron en el marco de una disputa entre el país norteafricano y la ONU, que acabó con la expulsión de miembros del personal de las Naciones Unidas y con las acusaciones del secretario general de la organización supranacional, Ban Ki Moon, que definió la actuación del gobierno marroquí como “una ocupación”.

La situación de los refugiados saharauis y la vulneración de los derechos humanos

La situación de los refugiados saharauis en los campos de la provincia argelina de Tindouf es un elemento fundamental para entender el conflicto del Sáhara Occidental entre Marruecos y el Frente Polisario. A pesar de que la cifra varía según la fuente, se cree que cientos de miles de personas podrían vivir en los campamentos, de los cuales entre el 20 y el 50 por ciento serían saharauis y el resto de Mauritania, Mali, Chad y otros países limítrofes. Resulta complicado realizar una estimación aproximada de los habitantes que realmente viven en Tinduf por el bloqueo de Argelia al acceso de los campamentos. A pesar de la dificultad para obtener estimaciones exactas, en 2018, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) estimó que la población de refugiados saharauis ascendía hasta 173.600 personas. Muchos de los que llegaron a Tindouf como refugiados han vivido allí desde antes del alto el fuego y el establecimiento ade la MINURSO. En la provincia argelina, los refugiados viven vidas enteras, nacimientos y defunciones en un espacio limitado y lejano de su propia casa, un ecosistema con una elevada tasa de desempleo, escasez de comida y dificultades para trabajar la tierra. Con el paso de los años, la cifra de refugiados saharauis en los campos ha aumentado considerablemente.

A ello, se ha sumado la apropiación de la ayuda humanitaria subministrada desde distintas partes del mundo. De dicha apropiación han recibido acusaciones tanto Argelia como el Polisario. A este último, se le acusó de robar ayuda para la compra de armas. Además, se encontraron suministros pertenecientes a la ayuda alimentaria en otros países.

En lo que respecta al abuso de derechos humanos, Marruecos guarda un importante historial que complica la distensión del conflicto. En numerosas ocasiones, la seguridad marroquí ha atacado a activistas saharauis, además de periodistas y otras personas por mostrar disconformidad con el reino alauita. Incluso, en medio de la pandemia, Marruecos encarceló a decenas de personas de forma injustificada y Amnistía Internacional pidió la liberación.

Al otro lado del «Muro de la Vergüenza», también existen casos de vulneración de los derechos humanos. Argelia ha recibido denuncias por realizar ejecuciones extrajudiciales. El Polisario tampoco se libra de estas acusaciones ya que mantuvo durante 14 años a prisioneros de guerra y negó la existencia de estos. Además, tanto Marruecos como el Polisario han cruzado acusaciones de practicar el contrabando de armas y el tráfico de drogas.

 La MINURSO y el escepticismo del Polisario 

Para los separatistas, la Misión de la Naciones Unidas para el Referéndum del Sáhara Occidental no ha cumplido con su palabra de asegurar la celebración del referéndum. El Polisario está agotando su paciencia al ver la inacción de la MINURSO y se ha mostrado escéptico con la utilidad de la presencia de las Naciones Unidas en la zona tras veintiocho años.  Por ello, no extraña el comunicado que el grupo saharaui realizó tras la aprobación de la prolongación de la MINURSO ni que hayan roto el alto el fuego y pretendan volver a las armas. De hecho, algunos combatientes saharauis se han unido a grupos yihadistas activos en el continente africano, pese a no estar de acuerdo con su ideología extremista.

La MINURSO y su objetivo de 1991 han quedado desfasados. Marruecos ha bloqueado cualquier tipo de referéndum. El país marroquí presentó una alternativa: un plan de autonomía en el Sáhara Occidental que le daba más potestad al gobierno saharaui, pero seguía perteneciendo a Marruecos. En definitiva, una pseudo autonomía que Estados Unidos apoyó en 2001 y el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó en 2007. El Polisario se ha mostrado reticente a apoyar la medida que pretendía la creación de un Sáhara Occidental autónomo dentro de las fronteras marroquíes.

En 2003, el plan Baker fue ideado por las Naciones Unidas para la celebración de un referéndum en el cual el Sáhara Occidental votaría por la independencia de los saharauis o la anexión definitiva a Marruecos como una región autónoma del país norteafricano. El Consejo de Seguridad apoyó la propuesta, pero Marruecos lo rechazó porque no quería perder la soberanía que tiene (y nunca debería haber tenido) sobre el Sáhara. Finalmente, la iniciativa perdió fuerza por la falta de apoyo internacional.

El pasado año, el enviado especial de la ONU para el Sáhara Occidental, Horst Köhler abandonó el cargo por motivos de salud. Todavía no ha sido sustituido y esto ha paralizado (aún más) las conversaciones entre ambos bandos y ha debilitado el papel de la ONU como intermediario en el conflicto. Köhler consiguió dos encuentros entre Marruecos y el Polisario: en diciembre de 2018 y en abril de 2019. El mérito de la figura de Köhler es indiscutible ya que las partes no se reunían desde 2012. El nombramiento de un nuevo enviado espacial ayudaría a un posible acercamiento en el ámbito político.

Otra figura importante en el intento de las Naciones Unidas para sentar a las partes en el Sáhara Occidental ha sido John Bolton. El ex Consejero de Seguridad Nacional estadounidense y Representante Permanente de Estados Unidos ante la ONU entre 2005 y 2006 trabajó para impulsar el plan Baker que aseguraba la celebración del referéndum. Bolton promovió las reuniones entre marroquíes y saharauis durante el mandato de Köhler. Además, criticó en 2007 a Marruecos por retrasar un acuerdo definitivo porque, según el estadounidense, “están esperando que el control de facto se transforme en control de iure con el tiempo”. A finales de 2019, Bolton salió del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos y con su marcha se perdió a una de las personas que más había insistido para que se produjera las conversaciones.

Un conflicto congelado a nivel diplomático pero que resurge en el ámbito militar

Tanto a corto como a largo plazo, las soluciones se antojan poco probables. Marruecos tiene un largo historial de violación de los derechos humanos en el territorio del Sáhara Occidental y demasiados ojos observan sus movimientos. Mucho tendría que cambiar para que se aceptara sus condiciones. Por su parte, el país norteafricano seguirá sin renunciar a su parte de soberanía (usurpada a los saharauis tras la invasión de 1975 o «Marcha Verde» y la cesión de poderes por parte del Estado español) y no contribuirá al deshielo del conflicto. Ciertamente, el lado este de la berma (el marroquí) tiene unas mejores condiciones de vida, pero responde a la inversión de Marruecos y al control que ejerce sobre las ciudades más importantes. El plan de autonomía marroquí es visto por el Polisario como un abuso y la consecución definitiva de la invasión iniciada con la “Marcha verde”.

Una posibilidad a largo plazo sería que se aceptara una especie de “gran trato” en el que un Sáhara Occidental autónomo tuviera más oportunidades de subsistencia y a la vez se ejerciera una supervisión internacional real y contundente sobre los excesos de Marruecos en materia de derechos humanos. Evidentemente, el Polisario no aceptaría ese acuerdo. Su falta de apoyo externo no le deja mucho margen de decisión para recuperar terreno a nivel diplomático y la inacción de la MINURSO los ha acabado de desestabilizar. Por tanto, su regreso a las armas ha sido como una especie de último cartucho en un conflicto en el que se han visto claramente ignorados por la comunidad internacional.

A pesar de ello, la rotura del alto el fuego portaría todavía más inestabilidad a la zona. Los separatistas luchan por prevalecer por sí mismos, pero lo tienen realmente complicado. Si no se llega a un acuerdo, el conflicto seguiría congelado, especialmente en materia política y de diálogo, y, aunque eso irrite al Polisario, se trata de una manera práctica y pacífica de mantenerse con vida. De seguir con las pocas posibilidades intactas. Con las armas, harán más ruido y pueden conseguir algún apoyo remoto, pero también podría ser su tumba.

Actualmente, el conflicto seguirá congelado en materia política, pero parece poco probable que lo esté en el ámbito militar y de la guerra, porque, lejos de enterrar una de las tensiones heredadas de la Guerra Fría y una de las mayores injusticias de un estado (el marroquí) contra un pueblo (el saharaui), las hostilidades han vuelto a hacer acto de presencia en el Sáhara Occidental.

 

 

 

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