La venta ambulante. Barcelona, ¿de ciudad refugio a ciudad policial?

Corina Tulbure

Imagínate que entras en un restaurante y la gente no para de mirarte. No sabes por qué. Imagínate que luego vas a una librería donde, discretamente, un vendedor no te pierde de vista para ver qué haces. Tampoco conoces el motivo. Luego, bajas al metro y los guardias se fijan en ti, en si picas el billete o no. De toda la cola, sólo te miran a ti. No entiendes lo que pasa. Dentro del vagón, un joven guardia de seguridad se queda muchas paradas a tu lado y sale detrás de ti cuando bajas. Es exactamente lo que hemos vivido en una sola mañana en Barcelona. Lo que para otro sería una salida rutinaria, para nosotros ha sido una cadena de preocupaciones :“Voy por la calle como si estuviera pisando huevos. La policía me ha parado decenas de veces”. Sin darse cuenta, mi amigo se ha convertido en el “ciudadano modelo”: siempre con miedo a molestar, a equivocarse, a meterse en líos sin querer.
Nuestra mañana no ha sido un accidente. Ha sido la rutina de muchas personas que sufren una violencia silenciada, pero real y a flor de piel. Es un hecho conocido. El vídeo de los policías abalanzándose sobre un chico que vendía camisetas en la Rambla, las redadas frecuentes en el metro con guardias pegando a la gente, los parques cerrados para que los niños que viven en la calle no duerman por la noche dentro. Todo ello son postales de este verano en nuestra Barcelona. El escándalo no ha sido que hubiera niños durmiendo en la calle, sino dar una mala imagen en un parque céntrico y turístico. No son nuestros hijos, cerramos el parque.
Desde la campaña electoral de las pasadas municipales, la seguridad ha vuelto a ser el Tema. Sí, en mayúsculas. Porque no hay otro. No hay otro para esquivar la falta de programas políticos ante los problemas sociales de gran parte de nosotros. No hay mejor excusa para disimular la realidad y evitar hablar de los desahucios diarios y de la alarmante subida de los precios que está expulsando a muchos ciudadanos de la ciudad. En su pasada campaña electoral, el candidato Manuel Valls afirmaba que iba a contratar a más de mil guardias urbanos para “proteger” a la “ciudadanía”. ¿Y cual es la ciudadanía que pretende proteger? ¿La misma ciudadanía apaleada por la policía cuando se la desahucia?

Desde el propio Ayuntamiento, que hace un año instaba a Pedro Sánchez a que recibiera los barcos con personas rescatadas en el mar, se despliegan ahora no solo operativos policiales contra los migrantes, sino también campañas contra los trabajos que puedan hacer: la campaña de “compra legal” contra la venta ambulante. Pero esconderse tras la ley no es más que una justificación para perseguir a los vendedores. La gente que vende en la calle lo hace porque ha sido ilegalizada por los mismos que defienden la ley, no por elección. Criminalizar y perseguir a los migrantes son políticas que se llevan a cabo en toda Europa. Pero Barcelona se veía a si misma como ciudad refugio. Por qué ahora no se escuchan desde el Ayuntamiento las propuestas de los vendedores para regularizar su situación administrativa?
En España, para acceder al permiso de trabajo mediante lo que se denomina el arraigo social, se debe poder demostrar el haber vivido tres años en el país ininterrumpidamente y tener un contrato de trabajo de 40 horas semanales durante un año. Son los requisitos impuestos por los mismos defensores de la ley, de la legalidad. ¿Cuántos de nosotros accedemos a este contrato de un año cuando el mercado laboral en España esta dominado por la precariedad? Según un informe de CCOO, en enero de 2019, un 90% de los contratos firmados eran temporales. ¿Y cómo se sobrevive durante estos tres años de ilegalidad impuesta por la llamada Ley de extranjería? La ilegalización de una persona llevada a cabo por los mismos que defienden la ley significa la falta de acceso a cualquier tipo de servicio o trabajo.
Es harto conocido desde hace años que los menores que salen de un centro de protección lo hacen sin tener un permiso de trabajo al salir. A la calle, solo, con tu mochila y tu sombra. Sin una red social, sin que se les permita trabajar, sin una familia ni un techo, ¿qué salida se le ha dejado a este joven? Tal vez a una persona que no haya pasado por este violento proceso le cueste entender el día a día de alguien que se topa con puertas cerradas. Una condena a la invisibilidad y a la marginalización, decidida por los defensores de la ley y de la seguridad de la “ciudadanía” y llevada a cabo mediante las instituciones. Todo ello se llama racismo institucional, aunque a muchos les cueste poner cara y ojos a este término. Un racismo ejercido por las instituciones, las normativas burocráticas y los funcionarios que las ponen en practica.
Nuestra sociedad se basa en una fantasía: el racismo es un accidente, un fenómeno aislado de ellos, de los grupos extremistas. ¿Y si no es solo la extrema derecha? ¿Y si son las mismas instituciones del Estado las que convierten la vida de muchas personas en un infierno solo por su origen? Se llama la Ley de extranjería. Aceptada y defendida por una gran mayoría de nuestra sociedad, por todo el espectro político, de derecha a izquierda, con contadas excepciones.
Otra fantasía que conforta nuestra sociedad es la de la “igualdad”. ¿Pero alguna vez las instituciones han considerado a las personas migradas como iguales a los demás? Si lo hubieran hecho, la Ley de extranjería no hubiera existido. Ni el CIE. Ni los centros de menores donde se mata a un niño aplicándole un “protocolo”. Ni la impunidad ante la muerte y la persecución de los migrantes. Ni la violencia que padecen en Barcelona las personas que viven o trabajan en la calle.
Sin contestar estas leyes dirigidas únicamente a las personas migrantes y las instituciones que las manejan, sin hacer alianzas con las personas sin papeles, se acepta un pacto tácito con los que llevan a la práctica lo que la extrema derecha pregona: deportaciones, persecución violenta de las personas migradas, marginalización forzada. Sin denunciar esta violencia, el silencio de muchos es solo un cómplice doloroso de este racismo.

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