La inevitable levedad del homo economicus según Paul Krugman En la actualidad, dos tipos de crisis gobiernan el presente: la sanitaria y la económica. La primera parece más inmediata que la segunda. Al revés funciona si vislumbramos el futuro en una bola mágica. Ambas resultan importantes, pero la seguridad económica ha englobado más preocupaciones generales que las cuestiones relacionadas con la salud. Las compras exageradas, las angustias de los autónomos que han cerrado los negocios repentinamente y el desempleo masivo ejemplifican el razonamiento. La experiencia con la anterior recesión ha hecho a los sujetos más vulnerables, especialmente, de pensamiento: el miedo a esa inseguridad

Sergi Llamas: @infotalqual

A la hora de hablar sobre recesiones, Estados Unidos aparece siempre en la casilla de salida tanto por causar períodos de crisis como por el impacto mundial de la gestión de estas en momentos peliagudos. Hasta la administración del propio Donald Trump, presionado por los demócratas y sin abandonar el neoliberalismo salvaje, ha invocado principios de John Maynard Keynes.

Los sucesivos artículos de Paul Krugman enseñan el paso atrás, al menos momentáneo, de los mayores lobos ultraliberales y una vuelta al neokeynesiano. Las medidas económicas responden a políticas intervencionistas que pretenden, a nivel macroeconómico, un mantenimiento de la demanda agregada. Es decir, los estados y los bancos centrales ponen y pondrán el foco en la recuperación de las actividades económicas de los individuos: trabajo, consumo e inversión.

El desempleo divide a las familias en dos tipos. Por un lado, las que perciben ingresos durante la crisis y, en principio, seguirán con los cobros regulares en los próximos meses. Por otro lado, quienes han visto parados los inputs económicos de forma total o en un porcentaje destacado. Las consecuencias resultarán especialmente dificultosas para trabajadores, pequeñas empresas y gobiernos que gasten sin ningún tipo de ingreso. Una segunda ronda de desempleo confirmaría una reducción contundente del consumo doméstico y llevaría a una nueva oleada de pérdida de trabajos y recortes genuinos.

Además, la inversión pública lleva a los gobiernos centrales a un endeudamiento progresivo. De momento, los estados no deberán devolver la totalidad de lo prestado, sino una parte que permita un déficit sostenible, disminuyente con el paso del tiempo. El miedo surge en un hipotético gasto público insostenible cuando las prestaciones por desempleo se acaben y el porcentaje siga elevado. Los recortes socavarían servicios esenciales. Los sectores más perjudicados conocen a la perfección la “austeridad”, esa palabra, según José Mujica, “prostituida en Europa” durante la pasada recesión.

Por si fuera poco, la acumulación del sector privado asusta: tiene un enorme superávit financiero por el ahorro. Una cuantiosa inversión disponible para los préstamos estatales y para ejercer el control sobre el mercado próximamente. Esa riqueza afectará a la demanda y al control de los precios. Ante una crisis, el ganador viste la misma chaqueta, aunque se interprete desde distintos prismas: son los que menos la notan (menos pierden) o lo que más se enriquecen (más ganan). Dos ejemplos ensalzan el poder privado: Amancio Ortega, Juan Roig y sus supuestas heroicidades como donante y abastecedor universales. Esas concepciones les favorecerán y gozarán de incentivos fiscales o de dinero público.

Por ese motivo, la política económica intervencionista necesitará medidas fiscales duras con esos nuevos ahorradores. El estímulo del consumo ayudará a las familias con precariedades. Sin embargo, tampoco es la panacea definitiva porque esta teoría no goza del don de la universalidad: organizaciones sin ánimo lucro o colectivos dependientes se quedarán fuera del intervencionismo.

Además, la clase política demostraría que le importan los ciudadanos y no los abandona a su desesperación. Una continuación del neokeynesianismo, al menos a corto-medio plazo, junto a una recaudación de impuestos progresivos por parte del célebre 1% ayudaría a anestesiar los efectos de la crisis económica. El “capitalismo de amiguetes”, como lo definió el magistrado Joaquim Bosch, ha deteriorado derechos básicos. La brecha previa al Covid-19 no se reducirá. La desigualdad cero es utópica. Pero, los estados tienen la posibilidad de distribuir los recursos más justamente y reducir la fuerza de este sistema de matones de patio de colegio.

 

 

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