La horma del zapato estadounidense

Días convulsos en Estados Unidos. La crisis sanitaria del Covid-19 le ha golpeado como a ningún otro. Ayer se superaban los 65.000 fallecidos. Las capacidades de los sistemas de salud de muchos países se han visto limitadas, pero ninguno ha estado tan falto de respuestas o con una inacción tan severa como la de la Administración del presidente Donald Trump. Epidemias como la actual muestran el mal negocio que es para la sociedad la privatización de la sanidad. Cuando la salud no aparece entre las prioridades, se actúa tarde y, además, no existe una base sólida que aminore la caída libre o amanse la fuerza del golpe.

Un lugar con un ineficiente o inexistente sistema de salud pierde calidad democrática. ¿Por qué? Porque el Estado no garantiza a los habitantes del territorio unos mínimos y los despoja ante el control de la ley del neoliberal, la verdadera carta magna que impera en el día a día y no los artículos que emanan de su Constitución. Entonces, si Estados Unidos es incapaz de proporcionar la sanidad universal ¿Qué garantiza? ¿Qué sentido tiene promulgar unos derechos cuando el más básico brilla por su ausencia? ¿Qué valor democrático se le puede otorgar al país?

Vamos con la semana. Ha dejado un popurrí de noticias que evidencian la insostenibilidad de no respetar a los ciudadanos y comprometerse más bien poco con ellos. Al final, cada uno va a su aire y no acatan las decisiones. Adoptan su propia ley: hacen de ella negocio o la pretenden imponer a través de la violencia.

El miércoles, la policía de Nueva York encontraba decenas de cuerpos en proceso de descomposición en un camión a las puertas de una funeraria en el condado de Brooklyn. En principio, Andrew T. Cleckley realizaba su trabajo y la acumulación de muertos únicamente hablaba de un colapso del colapso a todos los niveles. Pero, el vehículo debía tener refrigeración y el hedor de los cadáveres evidenciaba lo contrario. Además de las víctimas, algo olía a podrido en el negocio: el chanchullo de la funeraria con una empresa de mudanzas; la ambigüedad de su licencia, y la declaración del presidente de la Asociación de Directores Funerarios de Nueva York que negaba la pertenencia de Cleckley al grupo. A finales de semana, las autoridades cerraron la funeraria.

La ley del neoliberal. Sin ninguna concepción ética, el sujeto protagonista se marca como objetivo el interés económico particular durante la pandemia. Lejos de la búsqueda del bien común, se trata de una forma de concebir la sociedad: sin reglas ni restricciones para el enriquecimiento personal. Aunque resulte paradójico, la mentalidad reside en la persona, pero nace de una educación estatal y sistemática basada en estos principios, no solo económicos, sino también políticos y sociales.

El jueves, cientos de manifestantes se congregaron frente al Capitolio de Michigan, en la ciudad de Lansing, como protesta a las medidas de confinamiento de la gobernadora. La imagen de algunos asistentes con fusiles a las puertas del edificio no difiere de cualquier instantánea tomada previamente a la toma de un palacio presidencial. No se conformaron con la intimidación en el exterior. Con las armas a cuestas, entraron para demostrar que ellos y sus pistolas están por encima de la cámara legislativa.

La ley de la violencia. O, mejor dicho, la ley de las armas. Lo peor de todo, es que no cometieron ninguna ilegalidad. Tampoco les importaba si lo hacían porque, en Estados Unidos, la legitimidad de llevar un arma y usarla supera incluso la legalidad de poseerla. De hecho, hasta el propio presidente de la nación animó a los asaltantes. La razón neoliberal estructura el pensamiento (el qué) y la actuación mediante las armas por parte de algunos ciudadanos responde a unas formas de actuar (el cómo) donde las normas las pone el justiciero.

En la madrugada del viernes al sábado, un nuevo fármaco se sumó al célebre desinfectante de Trump. A falta de un ensayo clínico definitivo, las autoridades continúan con los experimentos. La Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) autorizó el uso de Remdesivir, un antiviral desarrollado para el ébola y todavía en fase de estudio para el Covid-19. El fabricante recomendó no usarlo todavía.

La tardía respuesta del mandatario estadounidense durante esta crisis sanitaria ha llevado a soluciones improvisadas y desesperadas. La falta de planificación y la privatización crónica del sistema de salud suponen el primer paso del abandono del Estado a la gente. Un embrión que aparece en más ámbitos de la sociedad y que sirve para educar a los integrantes de esta con una base egoísta, individual y autoritaria.

Una semana más en Estados Unidos.

 

 

 

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