La cuenta de Facebook del director de infoTalQual, inhabilitada sin explicaciones por «motivos de seguridad» Destacado

Facebook ha tomado la decisión de inhabilitar la cuenta de Rashid el Younoussi, director desde hace casi tres años del diario digital infoTalQual y de su versión en papel.

Una buena tarde, después de horas de trabajar publicando noticias, creando enlaces y manteniendo reuniones para sacar adelante sin excesivos apoyos ni recursos el diario digital infoTalQual.com, que también cuenta con una revista mensual en papel, llegas a casa como cada día y compruebas qué tal va la difusión de las piezas informativas que, desde las 6 de la mañana, has ido publicando. Pero de repente, Facebook te alerta: «Tu cuenta no cumple los requisitos para usar la red social. Esta decisión es definitiva. Por razones de seguridad no podemos informarte de los motivos por los que se ha inhabilitado tu cuenta. Para obtener más información sobre nuestras políticas, consulta las Condiciones de Facebook». Y es así, de repente, como te enteras de que no eres apto para el exquisito uso de Facebook, y que de forma definitiva alguien ha decidido borrarte del mapa, sin ni siquiera una explicación para que al menos puedas rectificar o no tu comportamiento si lo crees oportuno en caso de que quieras crearte un nuevo perfil.

Durante 10 años Rashid el Younoussi ha ido construyendo en la red de Zuckerberg, como todo periodista o incluso ciudadano, su lista de contactos afines a intereses sociales y periodísticos, círculos en los que podía distribuir, como todos hacemos, informaciones y artículos de prensa. Su único objetivo: aportar su granito de arena a esta sociedad de la información y la comunicación. Además, ha aprovechado la hegemonía social respecto al uso de Facebook para poder contactar con ciudadanos, activistas, políticos y personas de toda clase social, de todo tipo, de toda nacionalidad y procedencia, de toda ideología. Si no, no sería periodista. Eso lo ha llevado a lo largo de los últimos años a especializarse en el mundo árabe y en las diferentes movilizaciones sociales que se están produciendo en sus países, que van desde las primaveras árabes hasta la yihad internacional. El acceso que Rashid tiene a diferentes canales de comunicación y sus fuentes, siempre cercanas a la noticia, le ha llevado a publicar contenidos que pueden ser esplícitos o herir algunas sensibilidades, y también a mensajearse en privado con personas que, en algunas ocasiones, morían horas después en el campo de batalla en países como Siria. El periodista no seria periodista si sacrificara su olfato y huyera de la noticia dejándola pasar, olvidando quiénes la protagonizan y silenciando las microhistorias que componen nuestra actual historia.

Rashid el Younoussi era consciente de que en cualquier momento podían eliminar su cuenta. Lo eres en el momento en el que sabes que estás tocando información susceptible e informas de que ISIS y AlQaeda tienen canales de Telegram por los que, paso a paso, explican cómo fabricar explosivos desde cualquier parte del mundo y sin demasiados recursos. Lo sabes cuando publicas cada día fotos de niños en riesgo, heridos o muertos. Pero si hiciera como la gran mayoría de la sociedad, cerrara los ojos y olvidara que cada día mueren niños, no sería periodista. Aun sabiendo a lo que se exponía, Rashid se dedicaba exclusivamente a informar. Cualquiera que dedique un minuto a conocerlo en persona o en las redes sociales sacará la rápida conclusión de que ni es un peligro para la sociedad ni supone un riesgo, ni es afín al terrorismo, ni mucho menos un sádico. Simplemente es un periodista que no duerme si no cuenta la verdad. Y la verdad pasa cada día. Los niños mueren cada día. Y Rashid lo tenía que contar.

Para contar la realidad hay que vivirla, meterse en el fango, embarrarse hasta las rodillas como mínimo. Y los hombres pequeños, como él o como yo, de piernas más cortas, corremos el riesgo de ahogarnos más rápido que otros que son más altos. Somos hombres pequeños haciendo periodismo, que contamos informaciones que pueden gustar o no, pueden ser admiradas o repudiadas o simplemente dejar indiferentes al lector, pero son noticias que deben figurar en algún lugar, porque sino el silencio ganará la partida y nos desterrará al olvido, al borreguismo absoluto de aceptar que el mundo es cómo es y no tiene solución. Rashid no pretende nada más que ser periodista e informar, no quiere ser millonario y se ha conformado la mayor parte de su vida con sobrevivir, siempre que al llegar la noche, con su cigarro en la mano, pudiera dedicarse a leer, escribir, compartir, y sobre todo comunicarse.

Y ahora mi director y amigo Rashid el Younoussi se encuentra con que no puede abrir el perfil de Facebook que ha trabajado durante 10 años. Es un peligro y nadie le ha dicho por qué. No sabe qué hacer. Lo único que le queda es denunciarlo en las redes, su hábitat natural, dónde cobra vida cada vez que hace caer fichas de dominó que lo acaban llevando a su objetivo. Ni siquiera sabe qué respaldo legal puede tener por lo subjetivo de quebrantar o no las condiciones de uso de Facebook. Lo único que sabe es que es periodista, y que se morirá siendo periodista y compartiendo gotas de agua informativas en este gran mar que empezó siendo transparente y hoy es más opaco que la Fosa de las Marianas. La impotencia de no poder usar tu avatar cibernético, con el que hasta ahora interactuaba con la sociedad virtual, es menor, seguro, que la incerteza de no saber qué narices has hecho para que un día te borre del mapa «el ojo que todo lo ve», ese gran hermano al que todos le hemos dado el privilegio de estar por encima del bien y del mal. Ese Señor X que no se debe a nada ni a nadie y al que nadie, parece, puede pedir explicaciones desde la tierra llana hacia su limbo supraexistencial.

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