La alternativa a la anarquía en Libia, dos Ejecutivos y centenares de milicias

Libia es un Estado fallido, sumergido en la anarquía desde la caída de Muamar Muhamad Abu-minyar el Gadafi, dictador durante 42 años, entre 1969 y 2011. Con la llegada de la Primavera Árabe, el pueblo libio acabó con Gadafi y el líder pereció. El estado quedaría dividido en dos bandos. A partir de su muerte, el vacío de poder y la inestabilidad se apoderaron de la sociedad mediante un conflicto armado civil (2011-2014), que encadenaría con una segunda guerra libia, activa desde hace cinco años. Una contienda, inacabada, que ha demostrado la complejidad del país mediterráneo por la cantidad de milicias, por la imposibilidad de que un dirigente gestione el estado con poder real, y por la presencia de petróleo. Esto último, explica los intereses internacionales.

En las últimas semanas, el mariscal Jalifa Haftar, dirigente del Ejército Nacional Libio, LNA, por sus siglas en inglés, ha iniciado la ofensiva hacia Tripoli. Haftar quiere demostrar que es el único candidato a gobernar el país. Este general renegado ha basado sus tropas en ex miembros del ejército, milicias del sur y grupos salafistas.

Las fuerzas de Haftar controlan el setenta por ciento del país. Por tanto, el líder del gobierno paralelo desde 2014 en Tobruk, este de Libia, necesita la derrota del gobierno legítimo a ojos de Naciones Unidas. Al LNA no le conviene un conflicto armado por dos razones principales: por su imposibilidad para abastecer a las topas desplegadas desde el este hasta la capital libia, y porque las autoridades internacionales y los estados poderosos defienden el gobierno actual: Gobierno de Acuerdo Nacional, GNA, auspiciado por Naciones Unidas en 2015 y liderado por el primer ministro Fayez Sarraj.

El GNA, situado en el oeste, goza del reconocimiento internacional, pese a controlar, únicamente, el veinticinco por ciento del territorio. Además, el ejecutivo de Sarraj ha impulsado una contraofensiva para contrarrestar los movimientos de Haftar, en la nombrada Operación Volcán de la Ira. El poder del dirigente de Tripoli escasea y su presencia tiene poca legitimidad, incluso en sus propios dominios.

En medio, estuvo DAESH hasta que el GNA lo desalojó de Sirte en 2016. A pesar de las derrotas, Estado Islámico en Libia, ISL, mantenía 500 combatientes a finales de 2018. Por tanto, todavía quedan vestigios de combatientes yihadistas en el país que fuera considerado por el Califato como el estado más importante tras Siria e Irak,

Khalifa Haftar apoyó a Gadafi en otra vida. Sin embargo, perdió credibilidad durante el régimen y lo reclutó la CIA. A pesar de ello, la relación entre el jefe del LNA y Estados Unidos resulta difusa. Incluso, los estadounidenses estarían más cercanos a la tendencia occidental: con Sarraj. En cambio, parecen claros otros apoyos para Haftar: Egipto, Emiratos Árabes Unidos y Rusia. Por su parte, Sarraj cuenta con el respaldo de la mayoría de países, encabezando al grupo, Estados Unidos, Francia, Reino Unido e Italia.

Pero, se antojan demasiados actores para tan poco premio. El control de la anarquía será para aquellos que controlen las áreas petroleras más destacadas. Quién tenga los yacimientos del bien supremo gestionará el caos y tendrá el poder de negociación con los países Occidentales y las monarquías de Oriente Medio. Haftar y el LNA tienen avanzada la estrategia de desgaste, pero les falta visibilidad. Para ello, buscan en Tripoli un derrocamiento que deslegitime y desvirtúe al ejecutivo de transición para demostrar su capacidad de gobernar el país.

Sin embargo, Libia es más complejo respecto a otros estados con importantes reservas de crudo, tanto por la cantidad de actores internos como por el armamento distribuido entre las milicias. La situación descrita conlleva que la última palabra habite, siempre, en estos grupos. Las facciones no necesitan importar armas, que también lo hacen, sino que se provisiones del saqueo a las reservas de Gadafi. La anarquía, el caos y el desgobierno en su estado más puro. De los centenares de “ejércitos”, el LNA ha demostrado el mayor poderío y capacidad para plantar la alternativa real a la jefatura actual. La creación, en diciembre de 2018, del cuerpo Fuerza de Protección, bajo tutela de Naciones Unidas está dificultando la misión de Haftar y ha alargado el mando del GNA ¿Qué haría el ejecutivo de Tripoli sin esas cuatro milicias clave que se fusionaron para la creación del cuerpo armado pro Sarraj? ¿Y sin las milicias de la ciudad de Misrata, tapón del LNA en el oeste hacia la capital libia?

La lealtad, entre milicias y con los grandes bandos, resulta tan frágil como el Gobierno de Acuerdo Nacional actual. Las alianzas varían según los intereses en el lugar y en el momento. Por tanto, se vislumbra un conflicto largo. Se podría decir que nunca terminó el de 2011 a pesar de las pausas continuas y la separación entre primera y segunda guerra civil libia. La inseguridad, siempre protagonista, ha aumentado y cientos de miles de libios ya se han desplazado y la vulneración de los derechos civiles se halla en prácticamente la totalidad de los territorios, sobre todo, en los dominados por Haftar y en los objetivos más recientes del GNA. Las víctimas del recrudecimiento del crónico conflicto se suman al más de millón de refugiados, víctimas del tráfico de personas, y esperando para llegar a Europa. En Libia reina alguien: la anarquía.

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