El porvenir pasa por Italia

Futuro: nuevos días a los que todos llegarán. Futuro: las actuaciones se producirán idénticas con semanas de separación. Futuro: los discursos transitarán por conceptos como gripe, epidemia, elección vital, colapso, expertos o conspiración. Futuro: videollamadas, bailes en el balcón, teletrabajo o telestudio, ejercicio físico en casa y, especialmente, comida a muchas horas. Futuro: solidaridad, especulación, silencio, cuestionamiento. Futuro: miedo, angustia, inseguridad, incertidumbre y sentido del humor. Futuro: cuadro de costumbres. Futuro.

“Ti scrivo dall’Italia sul tuo futuro” («Te escribo desde Italia sobre tu futuro»), Francesca Melandri escribía una crónica en la que enumeraba las situaciones anómalas diarias y las oportunidades para ocupar el tiempo y, a la vez, alertaba de las dificultades. Ya no es desconocido para los habitantes del Estado español. El mensaje funciona como ejercicio de hermandad colectiva con todos los países del mundo. Explícitamente, la autora prepara a las personas para que cojan fuerzas y luchen desde las casas o desde los puestos de trabajo o voluntariado. De hecho, usa un tono esperanzador y narra un sinfín de vivencias cotidianas que ha vivido, ha visto o le han contado. Pero, avisa del desgaste mental que supone la situación. Operaciones con una limitación espacial evidente. Avisa que nadie está exento de la excepcionalidad y que la crisis tiene una estructura temporal más libre e incierta. Por tanto, la complicación es doble y necesita algún tipo de evasión. Ella lo intenta y realiza un retrato global de experiencias de la sociedad que se resume en un encierro en casa obligado para el bien común.

El confinamiento lleva a ocurrencias constantes, algunas ventajistas. ¿Cómo se ha llegado a los pensamientos actuales? La monotonía sin aire provoca la reflexión de la regresión (ya existía) del encuentro físico y un empoderamiento masivo de la tecnología y de la relación, tanto individual como con el resto, a través de las pantallas. Se necesita esperanza y positividad, pero hay una barrera más alta y gruesa que aleja a la persona de una familia, un amigo, un vecino o un extraño. Y, realmente no hay virtualidad que supere la presencialidad. Ese contacto perdido con las personas que, en algunos casos, ya se había iniciado antes del confinamiento, aunque lo reconozco a posteriori.

La vida ya era incertidumbre, pero no la concebíamos como una preocupación real sino quemábamos etapas como una unión preparada y planificada con dos puntos: el de salida y el de llegada. Esto nos ha agitado. El desconocimiento de cuándo volveremos a ver a alguien querido, cuándo volveremos a trabajar o de qué vamos a vivir ha puesto de manifiesto la incertidumbre, con la que vivían a diario millones de personas en el mundo, como un valor cotidiano ¿Estas semanas harán de la incertidumbre un hecho universal perenne?

El Covid-19 ha generado también, a un ritmo trepidante, definiciones más precisas de subestimados e infravalorados. En unos meses donde lo más importancia es la vida, al menos existe esa perspectiva, las acciones se producen a contra reloj porque ha cogido por sorpresa al planeta. Por mucho que algunos países se preparen con anterioridad, los habitantes de esos lugares han sufrido las consecuencias de la enfermedad. No hay una teoría escrita para solventar la crisis sin ningún tipo de coste y, en cualquier caso, son elevados. Tanto lo mejor como lo peor de las personas surge sin planificación y desde el interior de cada sujeto. Es época de solidaridad, pero también de intereses, tanto materiales como espirituales. La dualidad de la conciencia humana no conoce de nacionalidades, ni de grado formación académica porque se constituye a partir de reacciones.

El párrafo anterior se puede aplicar en cualquier sistema social. La humanidad habita en el mismo barco. Las diferencias carecen de utilidad y el odio se queda (o se debe de quedar) huérfano. Lo único que funciona es la cooperación internacional. El gran José Mujica siempre ha denunciado la consideración más individual y egocéntrica y habla de “pensar como especie”. No se ha hecho durante la totalidad de los periodos de la historia. Hoy en día, se pide esa ayuda, pero con matices clientelistas. Los estados del sur de Europa hablan de una unión urgente de la UE para abordar la crisis, especialmente, en materia económica. La mayoría de países busca puntos de conexión, pero sin una visión verdaderamente global, exceptuando el caso de China (sus intenciones son analizables). ¿Qué pasará en el futuro? ¿Existirá la cooperación internacional que Occidente exige hoy con los países del Sur global en unas semanas o meses? El debate de los intereses macroeconómicos y geopolíticos de esa ayuda no interesa hasta mañana. Pero, la ciudadanía lucha por sobrevivir el presente más inmediato.

¿Es mejor o peor el mundo que viene? Vuelta a la incertidumbre, hasta en la pregunta final. El comunicado mundial de Francesca Melandri sugiere como mínimo un cambio, imposible de definirlo y adjetivarlo en el momento actual: “Si miramos al futuro lejano, al futuro que es y es desconocido para nosotros, solo podemos decir una cosa: cuando todo termine, el mundo nunca volverá a ser el mismo”.

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