El inexistente cambio para las personas desplazadas a la fuerza tras la Covid-19

Los conceptos ‘refugiado’, ‘desplazado’ y ‘solicitante de asilo’ han resultado familiares en el vocabulario occidental. De hecho, algunos de los términos son acuñados en estos territorios y, prácticamente, nunca salieron de sus fronteras, a pesar de que estos países hayan acogido una cuota ridícula del total de los movimientos.

Según Acnur, hay 70,8 millones de personas desplazadas a la fuerza: 41,3 millones de desplazados, 25,9 millones de refugiados y 3,5 millones de solicitantes de asilo. El consumo de esas palabras significa que han protagonizado debates políticos, titulares en los medios de comunicación y conversaciones informales, pero no han representado una efectividad tangible para esos definidos. Ese sería el ‘mundo de ayer’.

En el ‘mundo de hoy’, la pandemia ha monopolizado los intereses y preocupaciones, y la parrilla mediática se ha centrado menos en los ‘refugiados’, ‘desplazados’ y ‘solicitantes de asilo’. De alguna forma, habrá un antes y un después en la historia de la humanidad tras la crisis actual: una época de ‘cambio’. Sin embargo, la situación en el ámbito de los desplazamientos de población no difiere mucho con respecto al contexto pre Covid-19. El caso omiso a los derechos estas personas mantiene el paso firme característico del pasado; incluso, con una marcha más.

Los estados han levantado muros (más aún), tanto físicos como mentales, y las limitaciones fronterizas se conciben como un terreno común. La decisión se utiliza también para limitar la llegada de las personas refugiadas. Por ejemplo, Estados Unidos ha utilizado la crisis sanitaria para, como explicó Aline Cárdenas Solorio, experta en derecho internacional, “matar el derecho al asilo”. De hecho, la mayoría de las solicitudes de asilo en el mundo ya se rechazaban, bastaría con preguntar a algún venezolano qué hizo el Estado español con su tentativa.

El problema es que con el contexto apocalíptico ha propiciado un pretexto de carta blanca para que estas injusticias se reproduzcan continuamente. Las fronteras permanecen cerradas pero las deportaciones funcionan a mayor rendimiento que las fábricas. Las cifras de migrantes enviados de vuelta a sus países se han elevado durante el estado de alarma mundial  y se ha obviado el riesgo sanitario que supone.

Esta vulneración perenne de los derechos humanos va más allá de los estados occidentales. El 80% de los refugiados viven en los países vecinos del que han huido, y la mayoría de las víctimas permanecen en el propio territorio. El Consejo Noruego para los Refugiados ha publicado un informe que señala que el conflicto armado ha desplazado a más de 660.000 personas entre marzo y mayo.

La ONU llamó a un alto en fuego para que los desplazados no se quedaran en un fuego cruzado entre la pandemia y la contienda bélica. La iniciativa por la paz, aunque fuera momentánea, ha propiciado un resultado inverso y ha fracasado. Los bandos implicados en los conflictos, no solo grupos insurgentes sino también estados poderosos, han tenido la misma consideración por la cuestión humanitaria que la que Trump tiene por el cambio climático o la extrema derecha por la democracia.

Por último, existe un indicador básico para probar el retroceso de derechos humanos en el mundo: el gasto militar. La recesión económica no ha pasado por la industria armamentística. El Informe Sipri 2019 indicó que el gremio del rifle y los cohetes batieron su propio récord y evidenció la mayor inversión desde la crisis financiera de 2008. Los grandes compradores destinan una parte de su compra a enladrillar su seguridad pero otro porcentaje se vende a otros estados o a clientes situados en los países de donde huye la gente que esos propio estados rechazan, deportan o estigmatizan.

El artículo ha comenzado con tres conceptos. En los párrafos posteriores, se ha añado un cuarto: ‘cambio’. La manera de funcionar de las sociedades se ha transformado por la pandemia y la incertidumbre habita en cada rincón. El avance de los días ha comportado normativas más estrictas; material sanitario que se ha convertido en una prenda más del outfit; aprendizajes llenos de moraleja, y preocupaciones inagotables por la economía y la educación. Pero, ¿en qué se diferencian ‘el mundo de ayer’ y ‘el mundo de hoy’ para las personas desplazadas a la fuerza? La situación, lejos del ‘cambio’, va a peor.

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