El G20 más descafeinado El consenso entre los sherpas -líderes de cada país- se ha centrado básicamente en el ámbito económico. Los temas relacionados con los derechos a la educación, a las mujeres, a los migrantes han pasado de puntillas . Trump ha evitado cualquier negociación múltiple y ha llegado a un acuerdo verbal con Xi Jinping. Putin y Mohamed bin Salman -los líderes con menos apoyo y aceptación- salen indemnes y apenas sin acusaciones

Un sismo de 3,8 grados en la escala de Richter retumbó a 30 kilómetros de Buenos Aires. El terremoto más cercano a la ciudad porteña en 130 años. La placas tectónica sabía que el G20 se aproximaba. Sin embargo, el temblor languidecía a medida que se acercaba al Centro Costa Salguero (sede de la cumbre).

La reunión internacional ha marcado un nuevo panorama en las relaciones diplomáticas -como mínimo, a corto plazo-. La guerra comercial, las acusaciones de implicaciones en asesinatos y el intento de anexionarse países han dejado paso a una clara distensión e irreversibilidad de llegar a acuerdos globales a través de pactos de no agresión.

El documento final de la cumbre del G20 ha presentado un formato más escueto en relación al texto de 2017 en Hamburgo. 31 puntos y 6 páginas basados en la distensión de los acuerdos comerciales, la defensa del liberalismo económico, la necesidad de un acuerdo global para las migraciones, y la consolidación del Acuerdo de París y las consignas de Naciones Unidas en materia climática.

En un principio, los ojos enfocaban a cuatro líderes: Mohamed bin Salman (MBS), Vladimir Putin, Xi Jinping y Donald Trump. Los dos primeros llegaban a la ciudad porteña con su imagen dañada. Los otros mantendrían un encuentro bilateral para poner fin al conflicto arancelario.

MBS llegó a Argentina en el centro de las críticas del concierto mundial por su implicación en el asesinato del periodista Jamal Khashoggi. Además, el príncipe heredero recibió la denuncia de Human Rights Watch (HWR) y las acusaciones formales de los Gobiernos alemán y británico por las actuaciones del régimen saudí en el conflicto armado de Yemen. Ambos factores auguraban un fin de semana complicado para MBS. A pesar de las previsiones iniciales, el futuro monarca saudí solo tuvo una situación comprometida durante la cumbre: bin Salman relegado a una esquina en la foto de familia. Ningún otro signo de reprobación o marginalidad. Incluso, Putin saludó afectuosamente a MBS, y Macron compartió una conversación amigable con el saudí.

Putin quería una cumbre así para desplegar sus capacidades actorales en este tipo de encuentros internacionales. El mandatario ruso conocía de antemano la crítica y la desaprobación de las potencias europeos y de Estados Unidos en su enfrentamiento con Ucrania. Sin embargo, el “zar” ha salido con maestría de las acusaciones -que han brillado por su ausencia-.

De este modo, las miradas se han multiplicado en el encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping en el marco de la guerra arancelaria entre los dos bloques económicos. Ambos presidentes han vendido la buena relación personal entre ellos. Xi y Trump necesitan la colaboración mutua en materia económica para la continuación de sus monopolios comerciales. El mandatario chino ha hablado de “cooperación”. Las acusaciones bilaterales de principio de año han expirado y el ejecutivo estadounidense ha decrecido la medida arancelaria que incrementaba el gravamen del 10 al 25% a los productos del gigante asiático. A cambio, Pekin ha rebajado la replica emprada contra las exportaciones estadounidense y ha confirmado el tono de concordia con el que Xi Jinping llegaba al G20. Pero, embargo, el compromiso no es vinculante. Se basa en la temporalidad -máximo de 90 días para cerrar el acuerdo-. El tratado ha concluido a través de una conversación meramente verbal.

La guerra comercial la inició Trump en contra de las objeciones por parte de China y los países europeos. Pese a ser el precursor de las hostilidades, el presidente de EEUU sabe perfectamente que el conflicto arancelario no favorece a su país. Por eso, el neoyorquino opta por mejorar las relaciones diplomáticas -como el país asiático defendía-. El Gobierno chino sabe que el trono de la hegemonía mundial pasa por tener unas buenas relaciones con Estados Unidos hasta superar y relegar a una segunda posición al país norteamericano. A Trump, también le interesa la cordialidad para no quedarse solo. Por mucho que el neoyorquina haya elegido la opción alejada de los pactos globales y multilaterales, él sabe que son fundamentales para mantener el dominio estadounidense en un mundo que ingobernable por una sola potencia, y, por tanto, en anarquía . El magnate tendrá la última palabra.

Además, el texto firmado ha reconocido el fallo del comercio multilateral y ha anunciado la futura reforma de la Organización Mundial de Comercio (OMC) para la mejora del funcionamiento de las relaciones económicas a nivel global. Los líderes del G20 han afirmado que “actualmente no cumple con sus objetivos” y que necesita “mejorar su funcionamiento”. Sobre este asunto, los mandatarios han evitado la condena del proteccionismo -medida impulsada por EEUU-. Putin (muy cómodo durante la cumbre) defendió el libre comercio e intentó una acusación contra las medidas proteccionistas. Una maniobra hábil del mandatario ruso más allá de una condena firme y real. El ruso tiene un talento especial para generar tensiones en los encuentros multilaterales. Este órdago liberalista tenía la función de denuncia ante Trump y de protección ante las sanciones de la UE hacia el país euroasiático. Sin embargo, ningún país condenó el proteccionismo. Estar entre las dos aguas -proteccionista (EEUU) y la liberal (presumiblemente, liderada por la UE, aunque realmente comandada por China)- es la condena de cualquier país tercero. Por tanto, las grandes economías esperarán a las reformas en la cumbre de la OMC.

El G20 de Buenos Aires ha ratificado los Acuerdos de París. La “sostenibilidad climática” (al menos, de cara a la galería) no tiene marcha atrás. En materia de medio ambiente, EEUU permanece solo. Trump ha revertido la política exterior estadounidense (inciada en el siglo XX), basada en las organizaciones internacionales y los pactos globales. El neoyorquino ha finalizado la cultura de acuerdos múltiples entre países. La cumbre de los 20 -creada en 2008 a partir de la crisis económica global- ha perdido utilidad real. Del liderazgo de Obama se ha pasado al sabotaje del empresario norteamericano. La traducción de este cambio se refleja en la banalidad del texto final de la cumbre. 

En el marco europeo, Macron ha postulado al “liderato” por la lucha del liberalismo económico y en contra del cambio climático, ratificándose como la derecha moderna con perspectiva mundial. Sin embargo, el mandatario francés tenía los temas más importantes al otro lado del Atlántico. Por su parte, Merkel y la Unión Europea -representada por Donald Tusk- han apoyado el libre comercio y han reclamado acuerdos mundiales en materia migratoria. Otro terreno en el que Trump come solo en su mesa. Aunque Salvini y Bolsonaro llegan con fuerza.

El texto final es corto, vacío, banal y poco concreto. Falto de contenido en materias como el empleo, la educación y la igualdad de género. La parte más extensa -comercial y económica- no soluciona nada y tampoco genera grandes cambios más allá del acuerdo “verbal” entre Washington y Pekín.

Putin y bin Salman han salido indemnes y a carcajada suelta. ¿Es China el gran ganador de esta cumbre? Ha logrado parar la sangría arancelaria de Estados Unidos y ha logrado una distensión que le hace avanzar hacia la hegemonía económica. Xi Jinping pone buena cara a la vez que invierte en nuevos negocios y nuevos Estados, empra nuevas tecnologías y sigue comprando deuda externa. Es decir, hace el papel de Estados Unidos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta la llegada de Trump a la Casa Blanca. Cada vez aparecen más diplomáticos chinos en estas cumbres. ¿Es síntoma de que el pulso de la hegemonía mundial toma un nuevo rumbo?

Un G20 sin grandes críticas a los principales líderes. Un G20 de la pseudo fraternidad. Un G20 de no agresión -ni siquiera de la disconformidad verbal-. Un G20 exento de manifestaciones importantes en las calles. Un G20 ausente de acusaciones particulares necesarias y esperadas (a MBS y a Putin. Un G20 sin el pronunciamiento en alto de las palabras Khashoggi, Yemen o Ucrania. Un G20 que ratifica el papel de Trump como el niño marginado de la clase. Un G20 con Macron sobrepasado por su patria. Un G20 con un Macri voluntarioso pero sin voz ni voto. Un G20 de relaciones cordiales entre Xi Jinping y Trump. Un G20 de discordia y no de debate crítico. Un G20 sin el terremoto esperado. Un G20 descafeinado.

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