El covid-19 también ha comenzado el curso Acaba de comenzar la temporada escolar que muchos recordarán como el curso de la pandemia.

Los datos de ayer viernes indicaban que ya hay   1.330 grupos confinados, en toda Catalunya,  tras haberse detectado algún caso de coronavirus entre sus integrantes, según datos del propio Departament d’Educació. Los confinamientos afectan a 30.634 alumnos, 1.565 docentes y personal interno, y 241 trabajadores externos de colegios, institutos y guarderías en toda Catalunya.

De hecho, la pandemia ha creado la mayor disrupción de los sistemas educativos en la historia de la humanidad, afectando a casi 1.600 millones de estudiantes en más de 190 países.

Hasta aquí sólo son datos. Para algunos alarmantes, para otros previsibles, pero trágicos en cualquier caso.

Los niños se han librado, mayoritariamente, de los efectos directos del virus en la salud, aunque han sido uno de los colectivos más perjudicados por el cierre de escuelas, tanto en términos de su educación como de su salud, incluida la mental, y de su  desarrollo social.

En la mayoría de centros educativos catalanes se están respetando las medidas de protección relacionadas con la higiene de las manos, el distanciamiento físico, el uso de mascarillas cuando corresponda y la permanencia en casa en caso de enfermedad. Si no fuese así, los centros se deberían cerrar.

Pero luego está el día a día, y ese conjunto de cosas que hacemos de manera inconsciente durante nuestra jornada. Por ejemplo, en las escuelas se respetan las distancias entre alumnos, pero las entradas no se suelen producir de forma escalonada. Es bastante habitual ver aglomeraciones, de padres, abuelos y alumnos, en las puertas de los colegios a la hora de la entrada y a la de la salida.

Y en muchos casos, las escuelas, en las que si se realizan las salidas escalonadas, tienen en la misma puerta del centro un parque en el que las distancias entre menores vuelven a desaparecer. Es decir, realmente absurdo.

En otros casos, más numerosos de lo deseable también, es prácticamente imposible impedir que los niños y niñas se interrelacionen en  los horarios de descanso. Es decir, la mayoría de centros trata de cumplir con los protocolos, pero la realidad se acaba imponiendo.

Y la solución no puede ser volver a cerrar las escuelas. No hay que olvidar que los niños y niñas que viven en situaciones vulnerables continúan viéndose muy afectados, a largo plazo, en su salud y están en inferioridad de condiciones en los desafíos del aprendizaje a distancia. Además, en ese sentido, la realidad demuestra que hay muchos padres que no pueden ayudar en el proceso de aprendizaje a sus hijos. La pobreza digital tampoco ayuda.

Las escuelas, presenciales, siguen siendo más que necesarias. No sólo imparten estudios académicos a los niños y los adolescentes. Además de lectura, naturales  y matemáticas, los estudiantes aprenden habilidades sociales y emocionales, hacen ejercicio y tienen acceso a servicios de ayuda para la salud mental y otros servicios que no se pueden ofrecer por medio del aprendizaje online.

Tampoco hay que olvidar que, para muchos niños y adolescentes, las escuelas son lugares donde permanecen seguros mientras que los padres o tutores trabajan.  Y para muchas familias, la escuela es donde los niños reciben alimentos saludables, tienen acceso a internet y a otros servicios vitales.

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