Hakima A.S / Activista feminista

Conversando con unas compañeras sobre el confinamiento y cómo afecta a las mujeres encerradas con su maltratador. Durante esta cuarentena aumentan más los casos de los maltratos sobretodo en norte de áfrica. En Argelia hubo un caso de un maltratador gritando desde la ventana de su casa «Dejadme salir o la mato». Pero de forma repentina nos vino la nostalgia de que que este confinamiento nos recuerda a otra época de nuestra vida. A veces es inexplicable y es incomparable con el confinamiento el cual fuimos sometidas durante años de nuestra vida. Las mujeres musulmanas nacimos en una celda. Al nacer se nos impuso quedarnos en casa. Cualquier espacio de privacidad o intimidad era motivo de sospecha.

El control que se ejerce sobre nuestro cuerpo es terrible. El único lugar permitido para encerrarte con el cerrojo es el cuarto de baño. Tener el armario con las llaves, móvil con contraseña, puerta de la habitación con el pestillo es señal de estar escondiendo algo, tener un secreto o algo que pretendes ocultar. Una niña no puede tener intimidad ni privacidad lo contrario la convierte en sospechosa. Reclamar un espacio personal dentro de tu casa es cuestionable ¿Acaso haces algo que no quieres que sepamos? este control se traduce en dar menos libertad para evitar que hablemos con los chicos o amigas que nos pueden desviar del camino correcto.

Nuestra época más mala eran las vacaciones, los festivos y los fines de semana. Donde no hay excusa que valga para salir de casa. No existe el «mamá estoy asfixiada salgo a pasear» ni «salgo a tomar un café con mis amigas» y si nos permitían salir una vez durante la semana, no podías pedirlo la próxima. Se convierte en ¿Para qué quieres salir tanto? ¿Acaso tienes novio que quieres ver?. A raíz de esto, muchas detestamos las épocas que para la mayoría de la sociedad desea impacientemente que llegara. Todo el mundo pensando en planes de vacaciones, escapadas, playa, deporte, viajes, etc. para nosotras llegaba el momento de la encerrona, el confinamiento, las mentiras también se acababan.

En las vacaciones se acababan las excusas que durante el curso escolar siempre utilizabamos. Ir a la biblioteca, tengo trabajo grupal, tutoría con la profesora… Son sitios que nos aseguraban que se los poniamos como excusa nadie de casa nos ofrecería acompañarnos. De lo contrario, no podía decir -voy al médico- la respuesta siempre era llevate tu hermano contigo para que después le pregunten con quien había hablado bajo el lema «los niños no mienten». La cuestión era no salir sola, no tener libertad absoluta. Si protestabas para no llevar al hermano también generaba sospechas. En verano suponía el fin de las mentiras. A veces me apuntaba al voluntariado o algún curso con el fin de tener algo que justificaba mi salida de casa.

Me acuerdo que cuando tenía algún día excursión, viaje de clase, colonias o alguna salida, a sabiendas que mis padres no me permitían ir. No les informaba en casa, ese día hacía vida normal. Salía de casa a la hora de ir al instituto y volvía a la hora también. Era el único tiempo en el cual podía respirar un poco lejos de casa, sola o acompañada con otras amigas que pasaban por lo mismo. Ese día lo aprovechaba para ir por ahí, un paseo por la playa, una visita al centro comercial… nunca en la misma ciudad donde vivía. Aún así siempre con angustia, paranoias y mucha ansiedad. Siempre presente el «Y si… me ve alguien».

Tener el permiso de los padres para salir de casa es imprescindible independientemente de la edad que tengas. Las salidas siempre tienen que ser justificadas. Salir con las amigas era como conseguir un trofeo. Aún así preocupadas por si será una trampa, para que nos persigan y vean dónde vamos o con quien nos veamos y si nos encontramos con chicos. A veces el comentario era «si quieres ver tu amiga que venga a verte en casa» pero no podíamos tampoco tener un espacio para poder compartir nuestros secretos. De hecho, cuando hablábamos en voz baja notábamos las miradas de sospecha. Aún así hablábamos con las miradas, gestos y señales y, nos partíamos de risa cuando nos entendíamos.

Cuando llegaba septiembre, empezaba el curso y era el comienzo de la libertad para nosotras después de un largo verano, todo lo contrario de lo que se sentía el resto de la humanidad. Por todo esto, este confinamiento nos recuerda a otra época de nuestra vida que a día de hoy aún hay muchas mujeres adolescentes y adultas viven en el confinamiento eterno.

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