Cara a cara sobre racismos y patriarcados #Vídeo

La semana anterior se celebraba en la Universitat Progresista d’Estiu de Catalunya (UPEC) una conferencia sobre racismo ciudadano. El objetivo era la exposición de denuncias y discriminaciones que suceden a diario en la esfera pública. Las activistas Mimunt Hamido, Míriam Hatibi y Silvia Agüero intervenían en la sesión y mostraban los diferentes planteamientos ante las injusticias raciales en los contextos sociales. A pesar de la pluralidad de temas, una cuestión protagonizaba el acto: el uso del velo.

Hamido intervenía de una forma totalmente distinta a las otras ponentes. La activista de Melilla se alejaba de una perspectiva única del concepto racismo: “El racismo no es unidireccional. No solo existe el racismo de los blancos, de los europeos, de los españoles hacia los magrebíes o los gitanos. También existe el racismo de los magrebíes a los negros, a los árabes, de los árabes a los magrebíes o de los gitanos a los magrebíes”. La autora del blog “No nos taparán” arrancaba con una crítica para ayudar, según ella, a las mujeres: “Hay que empezar la casa por los cimientos. Si negamos nuestro racismo, el de nuestra etnia, el de nuestra cultura, cómo vamos a luchar contra el racismo de Occidente. No tendría sentido. Eso es lo que estamos haciendo ahora”.

La feminista de MediterráneoSur se oponía a las generalizaciones que proporcionan a la sociedad el prototipo de mujer mora. Los prejuicios muestran unos códigos atribuidos, presumiblemente, a un grupo social determinado y miembros de este, adoptan las normas. Ella defendió lo contrario y lo argumentó a través del racismo propio y del uso del velo. Irónicamente, comentaba que “las moras tenemos que demostrar que somos moras y por eso nos tenemos que poner un pañuelo en la cabeza. Para que todo el mundo vea que somos moras ¿Por qué? ¿Por qué nacemos así? No, ese es el papel que se nos adjudica. El racismo de mi propio bando, el de los míos. Aquellos que insisten que yo, por haber nacido mora, debo comportarme, exactamente como los demás. Las que hemos nacido moras estamos pilladas entre ambos racismos. Y digo “las” porque precisamente los hombres moros solo sufren el racismo del bando occidental y no del suyo propio ¿Por qué?”.

El velo exhibe una opción vital, la aceptación de una serie de normas relacionadas con las religiones. También se puede interpretar como un símbolo de libertad, de libre elección e iniciativa propia. Para la activista la interpretación válida era la primera: “la pureza, la castidad, la humildad son normas que la mujer debe cumplir. Con velo eres pura, sin velo, normalmente, y para nuestro patriarcado, somos unas mujeres de vida alegre cuando menos, y cuando más, unas putas”.

Míriam Hatibi, en cambio, defendía el segundo posicionamiento. La activista catalana exponía sus ideas, y a la vez, respondía por alusiones a Hamido. Hatibi hablaba de racismo diario y la complicada lucha desde los colectivos contra las estructuras. Lo relacionó con una explicación del término «islamofobia» como el “prejudici o por irracional contra les persones musulmanes o cap a aquelles persones que semblen musulmanes”. La consultora de comunicación culpaba al identitario común como la principal causa del racismo diario: “El racisme és un discurs d’odi instaurat a la societat, contra qui és percep com a diferent. Aquestes diferències m’allunyen d’un grup que percebo com a meu”.

Hatibi perseguía la visibilización de las personas racializadas que sufren discriminación en el ámbito público. Para la catalana, la visibilidad anecdótica llevaba a la “normalització de la marginació de certes persones o certs col·lectius”. Además, no solo se refería a la denuncia de un caso, sino también mencionaba el peligro de mitificar a un icono: “el que fa es crear un individualisme dins del propi moviment, dins de la lluita antiracista. No va d’icones, va de moviments. L’icona deixa de patir racismo però, el col·lectiu ho continua patint”.

La primera ronda de intervenciones finalizaba y la polémica y el debate quedaba servido para el segundo turno y las posteriores preguntas del público. Agüero, Hatibi y Hamido seguían hablando de racismo, feminismo, patriarcado y del uso del velo; sobre todo, del hiyab.  

Sobre los estereotipos, Míriam Hatibi relacionaba el fenómeno estereotipado con la importancia de la libertad: “escoger libremente, tan libremente como yo considere en este momento” (…) “Cuando intentas poner el foco en si el velo está bien, si es cultural o no, lo que estás diciendo es: «vamos a decidir si el velo nos gusta y si lo valoramos o no, desde los espacios de poder»”.  Concluía que el uso del velo lo “deben validar las mujeres musulmanas”. Hatibi aceptaba el debate, pero discrepaba ante, lo que ella tildaba de, “ataque constante a las mujeres que llevan velo y a las mujeres que han expresado muchísimas veces que, primero, no es el foco de su vida, y que segunda, han escogido libremente llevarlo”. La tensión con Hamido, latente en las redes sociales en alguna ocasión, se trasladaba in situ.

En ningún momento, Hatibi no entendía los motivos de Hamido de orientar una conferencia de racismo ciudadano por derroteros de la marginación en la “comunidad”: “No va de validarnos o no. Va de que la diferencia pueda existir, sin tener que justificarse”. La primera acusaba a la segunda de atacar, constantemente, a las mujeres musulmanes: “No entiendo hacia dónde van dirigidos vuestros esfuerzos” (…) “Tenemos que trabajar para que todas las mujeres tengan la libertad de llevarlo, y no llevarlo. Y no para prohibirlo”.

En el turno de preguntas, varias mujeres intervinieron con sus cuestiones. Una de ellas, valoraba el uso del velo como un “símbolo patriarcal”. Contestaba a Hatibi: “hay muchas mujeres que lo llevan porque lo quieren y eligen. También, muchas otras no lo llevarán porque quieran” (…) “No es un tema de racismo, se trata de derechos humanos” ¿Existe para el grupo de mujeres que no quieren llevarlo el poder y la libertad de decisión sobre el uso del protagonista del debate?

Hamido se mostraba todavía más contundente ante el tema del velo: “Nuestro objetivo es, primero, tener la Carta de los Derechos Humanos enfrente, siempre, con lo cual prohibir el velo en las niñas”.  Mimont apelaba a los “derechos de la infancia” y lo ha definido como una costumbre importada de Arabia y no de la cultura magrebí: “no critico a las mujeres. Critico la prenda en sí porque es un símbolo de una ideología nefasta para nosotras. Critico a las mujeres que hacen apología de él (velo), haciéndole el juego al patriarcado”.

Las personas se muestran como esclavas al legado y a la tradición. La educación recibida o la herencia cultural no son ítems de libre elección. Se tratan de enseñanzas impuestas desde los ambientes domésticos y educativos. Cualquier persona tiene el derecho de aceptar esos códigos de conducta. Sin embargo, un ser humano también puede romper con ese pacto social y orientar su vida hacia unos hábitos y comportamientos alejados de lo presumiblemente establecido. “Esto es lo que piensa esta gente, que son más racistas que nadie aunque crean que no lo son. No se contempla una postura ideológica de libre elección, se contempla como un deber de nacimiento, me dice cómo debo comportarme”, comentaba Hamido. Además, la activista mencionaba la cuestión identitaria: “Es muy grave que lo llamen identidad porque eso es religión, creencia, ideología, pero no es identidad. Soy magrebí, mora, rifeña y no necesito un pañuelo para estar orgullosa de lo que soy” (…) “Las mujeres no deberíamos ponernos un brazalete aquí o en la cabeza para señalarnos qué somos o quiénes somos. Porque los hombres no lo hacen. Eso es otra clase de racismo”.  (…) “Nosotras deberíamos hablar del nuestro: del racismo gitano, del racismo magrebí, del racismo negro. De todos los racismos. No solo hablar del racismo blanco porque hablar del racismo blanco es muy fácil”.

Las aportaciones de Hamido, alejadas de las otras dos intervenciones de la ponencia dan la sensación de autocrítica ante el racismo y el patriarcado dentro del grupo al que cualquier persona pertenece. La reprobación más visible o la que recibirá mayor aceptación o apoyo en el conjunto de la sociedad siempre resulta la más sencilla de llevar a cabo. Pero ese juicio elude el peor de los racismos y de los patriarcados: el propio. El de las casas, las amistades, el entorno, la comunidad y el pueblo. Es el más injusto porque es el más próximo. Esa cercanía y confianza se aprovecha de los derechos, la fuerza, la libertad y la necesidad de la igualdad y la justicia social para imponer hábitos, que, simplemente se adoptan para seguir formando parte del identitario de la masa social. Una amalgama que presume de una identidad común. Lo identitario es lícito, pero también, peligroso. La mayoría de factores que componen este proceso provienen de una ideología previa articulada por intereses y difuminada por símbolos. La simbología excluye y aumenta la percepción de diferencia entre unos y otros. Además, produce distanciamiento entre las personas. Por un lado, la gente discute en los debates y las calles. Por otro lado, las esferas de poder continúan indemnes por la capa protectora de sus séquitos, que no perciben el manto de patriarcado y de racismo autóctono.

¿Se superarán los estereotipos? La ciudadanía no debería entrar en el juego de los que ponen etiquetas y se alimentan del prejuicio diario para beneficiarse de sus objetivos. Las diferencias ideológicas se superan con tolerancia y respeto ante los posicionamientos distintos. También, a través de la autocrítica en los errores de las causas que se abanderan y del trabajo restante e ignorado por la totalidad de las esferas del poder político y cultural.

El racismo adquiere un carácter de doble discriminación en el momento que afecta a la cuestión de género. En estos casos, no existe un solo tipo de práctica racista. O todas o ninguna. La discriminación por percibir diferente a alguien se remonta desde tiempos inmemoriales y, lamentablemente, tiene un recorrido infinito. No hay rincón del mundo protegido del racismo ni del patriarcado.

Todos somos personas, seres por encima de sociedades y/o grupos.

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