BURKA y libertad de expresión

Articulo de: Atiqa Bouhouria Moulay Meliani

Centrar el debate sobre la prohibición o no de usar el burka en la esfera pública no es un debate que deba relacionarse con la libertad de religión ya que el uso o no del burka por parte de las mujeres les impida profesar su religión dado que esta prenda no es imprescindible para la práctica del Islam. De hecho no es una prenda islámica propiamente dicha sino más bien una aportación cultural de Asia central. La única obligación que impone la práctica del Islam a la mujer es cubrir su cabeza su escote y disimular con prendas amplias su silueta cuando deba asistir a una mezquita y a la hora de realizar sus oraciones perceptivas. En la esfera pública la mujer debe seguir un criterio de modestia y recato según las circunstancias en donde se desenvuelva sin que sea preciso ir completamente cubierta ni con esta ni con prendas como el nikab, o el chador, si bien puede aconsejarse según el criterio cultural y las costumbres de cada país. De hecho ni siquiera el hiyab es estrictamente obligatorio aunque algunas corrientes de pensamiento indicarían que sí. En Al Andalus, en tiempos de los Almorábides las mujeres mostraban su cabello sin hiyab mientras que eran los hombres los que portaban turbante y estaban velados. En amplias zonas del Sudeste Asiático y de África subsahariana las mujeres musulmanas son mucho menos estrictas en el uso del hiyab y de prendas de vestir que cubran su cuerpo. No por ello dejan de ser consideradas musulmanas.

En la jurisprudencia clásica musulmana (Fiqh) de las cuatro escuelas sunitas, el apartado dedicado a la vestimenta es menor comparado con, por ejemplo, el dedicado a prácticas comerciales o aspectos relacionados con la higiene o la alimentación. Esta obsesión por la vestimenta femenina surge tras la caída del califato y la colonización de los territorios musulmanes por parte de las potencias occidentales, dado que la mujer queda desprotegida por la Sharia y se ve expuesta a los nuevos criterios éticos, políticos y culturales ajenos al Islam. La moral puritana es, por tanto, reactiva, y se da en situaciones de extrema debilidad del Islam, siendo éste mucho más permisivo y tolerante en épocas donde el Islam era hegemónico y conservaba sus instituciones políticas y económicas bajo la protección del califa.

Argumentos para su prohibición

Los principales argumentos inciden en distintos aspectos:

  1. Es una prenda que denigra a la mujer como ser humano y que atenta contra su libertad e igualdad.
  2. Es una prenda que puede poner en riesgo el orden público y la seguridad.
  3. Es una prenda que impide la integración de la mujer musulmana en la sociedad española.
  4. Es un símbolo del fanatismo religioso en medio de una sociedad aconfesional.
  5. Es una prenda que atenta contra la convivencia.
  6. Es una prenda que impide aplicar el principio de igualdad ante la ley de todos los ciudadanos –impide la identificación de la mujer como sujeto en el espacio público-

Creo que estos son los puntos en donde fundamenta la prohibición. Puede que me olvide de alguno.

Ahora veamos otros casos donde el legislador no se ha planteado actuar y que bien podrían incidir en alguno o todos los puntos anteriores.

-Los picaos penitentes de Semana Santa

-Los capirotes de los penitentes

-Los disfraces de carnaval

-Los tangas o los desnudos en playas y otros lugares públicos

-Las bailarinas y gogos eróticas

Estos son unos ejemplos pero podríamos poner otros.

Infringirse dolor y autolesionarse puede ser una expresión extrema de la fe religiosa. Para algunas personas esto puede ser un atentado contra la dignidad humana, un acto contra la salud pública, o una expresión de fanatismo religioso.

Los capirotes tienen el mismo aspecto que un burka y por lo tanto podemos decir exactamente lo mismo de estas prendas que lo que decimos del burka. La única diferencia es que solo se usan en contadas ocasiones y que los usan hombres en vez de mujeres, aunque con los cambios de costumbres pronto lo usarán, si no lo hacen ya, las mujeres.

Algunos disfraces de carnaval o de fiestas tradicionales procuran el mismo tipo de anonimato que lo procura el burka. También podemos decir que su uso es restringido, pero cuando hablamos del burka su prohibición es absoluta no se plantea un uso restringido.

Los tangas, desnudos parciales o integrales en lugares públicos son cada día más corrientes y a nadie parece escandalizar esto si bien podríamos argumentar, desde posiciones conservadoras, que denigran a la condición humana, tanto del hombre como de la mujer. Si retrocediéramos unos años esta sociedad castigaba el desnudo público, parcial o total, y también las relaciones sexuales públicas, incluidos besos y tocamientos de parejas en parques, paseos etc…

Las bailarinas, gogos, streepteases, etc… podrían parecer figuras que denigran a la mujer más que una prenda ya que no sólo implican su transformación en objeto sexual sino que además mueven un negocio muy lucrativo.

Es decir, que llegamos al absurdo de que cubrirse por motivos de fe puede ser delito pero desnudarse o tener relaciones sexuales por dinero no.

Si el legislador se inhibe en estos ejemplos es porque considera la Libertad de Expresión como un bien superior al de los posibles riesgos de colisión de derechos que dichas prendas o comportamientos comportan. Además en lo referente al orden público el legislador ya ha previsto las normas básicas que garantizan la convivencia entre ciudadanos por lo que no es necesario legislar más al respecto. Por ejemplo, si una mujer con burka debe asistir a un juicio, como debe ser identificada deberá quitarse el burka le guste o no. Lo mismo a la hora de identificarse en un control, en la frontera, en los documentos oficiales, o a la hora de acceder a un trabajo de cara al público. Hay ya una normativa que garantiza suficientemente los derechos y obligaciones de todos los ciudadanos.

Por lo tanto legislar sobre el burka, sobre todo teniendo en cuenta la insignificante incidencia de esta prenda de vestir en nuestra sociedad no tiene ninguna justificación desde el punto de vista garantista y sin embargo tiene una carga política y discriminatoria muy obvia.

Conclusión:

Desde el punto de vista de la Libertad de Expresión no existe una colisión de derechos que justifique de modo alguno la prohibición del burka. Los casos en los que esa prenda debe ser retirada ya están previstos en la ley, por lo que una prohibición general sería un atentado contra la Libertad de Expresión que no generaría a cambio ningún beneficio social o integrador para las mujeres afectadas. Mecho mejor que prohibir sería explicar a esas mujeres los límites de su Libertad de Expresión en una sociedad plural y democrática como la catalana, así como preocuparse realmente por la situación de dichas mujeres y si realmente lo visten por decisión personal o por imposición. En este último caso una intervención social sería suficiente, a menos que hubiera delito de coacciones o de violencia doméstica, para los cuales ya existen cauces adecuados suficientemente legislados.

Desde el punto de vista de la Libertad Religiosa, la prohibición no vulneraría este principio dado que el burka no supone un aspecto genuino e imprescindible del culto musulmán.

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