Acuerdo de paz afgano: los talibanes, Trump y un nuevo pretexto

En una decisión sorprendente, Donald Trump anunciaba, el sábado, la cancelación de las reuniones secretas previstas para el día siguiente con los talibanes y el presidente de Afganistán en Camp David, estado de Maryland, Estados Unidos. En un primer momento, Trump alegaba un atentado como razón. Pese a la acusación inicial, también existían otras cuestiones como la resistencia de los talibanes a una serie de compromisos. El secretario de Estado estadounidense, Mike Pompeo, ratificaba al día siguiente la disconformidad con los insurgentes.

El encuentro en este emblemático lugar suponía un anuncio importante de la paz entre Estados Unidos y el grupo armado afgano, según funcionarios de los tres bandos. De hecho, los norteamericanos estaban arreglando algunos desacuerdos importantes como la liberación de presos para el domingo. Sin embargo, EEUU deshizo los esfuerzos realizados.

Los líderes talibanes pretendían un acuerdo entre la propia organización y Washington antes de sentarse con el gobierno afgano, y así evitar una especie de suicidio político dentro de Taliban.  En repetidas ocasiones, han dejado claro que las vías intra afganas son a posteriori de la diplomacia internacional ya que no reconocen al ejecutivo de Kabul y lo han tildado, constantemente, de títere. A pesar de la buena sintonía con los norteamericanos, los terroristas les comunicaba que la decisión de su dirigente tendría consecuencias en forma de pérdida de seres humanos e inestabilidad política.

Unos escalones por debajo se sitúa Ghani, el presidente afgano, persona non grata para los talibanes y siempre relegado a un segundo plano por Washington. El mandatario aceptó la invitación a Camp David con incertidumbre y esperanza para su país. Pero, las conversaciones se suspendieron. Kabul culpó a los insurgentes y se creyó el primer órdago de Trump, aunque en parte fuera verdad, de que la violencia dificultaba el proceso de paz. De hecho, un portavoz de Ghani acusaba a los talibanes de no haber mostrado ningún compromiso de paz en las reuniones de Doha, como mínimo con ellos.

En los nueves encuentros en la capital qatarí durante casi un año, se alcanzaba un principio de acuerdo escrito entre Estados Unidos y los talibanes. Los funcionarios afganos criticaron el acercamiento de posturas porque, según su gobierno, carecía de estabilidad. En menos de 16 meses, EEUU retiraría, gradualmente, las tropas restantes, unos 14.000 efectivos, y los talibanes aliviarían los miedos del país occidental a episodios del pasado como el 11-S.

El gobierno de Ghani ni ha pinchado ni ha cortado. Incluso, los estadounidenses han negociado, en su nombre, la liberación de miles de prisioneros talibanes en las cárceles afganas. Estados Unidos dio un trato especial a los insurgentes y ha relegado a Kabul al ostracismo. Taliban maneja la violencia y la regula como principal moneda de cambio y contraprestación a sus intereses. El ejecutivo del estado asiático no tiene margen más allá de aceptar las decisiones de Trump como ha sido el caso de la invitación a Camp David y aceptar que los estadounidenses se han reunido “en secreto” con el grupo armado.

Pese a las discrepancias, el pacto existe. La forma y algunas consideraciones no se han esclarecido hasta la fecha. Los objetivos de los tres bandos, aunque solo tengan poder de negociación real dos, chocan entre sí. Trump prometió a sus electores el fin de la guerra en Afganistán; los talibanes no quieren perder su influencia después de tantos años de lucha por el poder, y el gobierno afgano pretende esa visualización de aliado necesario para la paz.

El pasado agosto, el embajador estadounidense llegó a la residencia de Ghani y propuso la reunión de Camp David. Kabul había preparado una delegación de seis altos funcionarios. Tenía una vaga ilusión en sentirse importante y parte activa. Pero, también se temían una representación talibán en Maryland.

Ghani es el perjudicado principal de la suspensión de la reunión. Afganistán celebra elecciones presidenciales el 28 de septiembre y no saben qué papel ejercerá el gobierno en las conversaciones de paz. Además, los funcionarios afrontarán la seguridad en solitario cuando los norteamericanos retiren a sus soldados del país.

Si el acuerdo entre Estados Unidos y los talibanes se ratificara, probablemente se pospondrían las elecciones hasta nuevo aviso. Trump tiene margen y poder para suspender encuentros e, indirectamente, poner en marcha comicios en otros países más allá de sus fronteras. Sin embargo, los talibanes han mostrado la disconformidad ante la cancelación del encuentro y han avisado que ellos no padecerán las consecuencias. La amenaza y el riesgo de muerte de civiles se ciernes sobre los habitantes y residentes en el estado afgano. El grupo armado pretende un mantenimiento de su influencia y están dispuestos a conseguirlo con cierta diplomacia, únicamente sobre el papel. De hecho, no le tiembla el pulso a la hora de perpetrar atentados y sacar a la luz su propia naturaleza.

La (no) reunión resta peso a las conversaciones pacíficas en Doha y pone en peligro a la ciudadanía. Un retroceso más. Otra oportunidad pérdida.

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